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Este articulo se refiere a la piratería marítima, para otros usos ver Piratería (desambiguación)
La voz pirata viene del griego πειρατησ, que a su vez viene del verbo πειραω, que significa "esforzarse", "tratar de", "intentar la fortuna en las aventuras".
La piratería es la práctica, tan antigua como la navegación misma, en que una embarcación ataca a otra con el propósito de robar su carga, y muchas veces la nave misma. Sin embargo, los piratas no se limitaban a atacar otros barcos sino que muy a menudo asaltaban ciudades costeras.
Junto con la actividad de los piratas propiamente tal, cabe mencionar los corsarios, que eran embarcaciones privadas que recibían una licencia de su monarca, conocida como patente de corso, para atacar naves de un país enemigo. La distinción entre pirata y corsario no es muy nítida, pues corsarios como Francis Drake eran considerados vulgares piratas por las autoridades españolas pues no existía una guerra declarada con Inglaterra.
Los términos filibustero y bucanero son más específicos y están relacionados con la piratería en el Mar Caribe.
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Las zonas de mayor actividad de los piratas coincidían con las de mayor tráfico de mercancías. La primeras referencias históricas sobre la piratería datan del siglo V adC, en la llamada Costa de los piratas, en el Golfo Pérsico. Su actividad se mantuvo durante toda la Antigüedad. Otras zonas afectadas fueron el Mar Mediterráneo y el Mar de China.
En la época de Carlomagno, el dominio de la piratería lo tuvieron los vikingos, hombres del mar. Sus incursiones y pillajes llenan la Historia de los pueblos europeos de esos tiempos.
A finales del siglo XVI y principios del XVII, el mar Mediterráneo conoció las numerosas incursiones de los piratas y corsarios turcos y berberiscos que atacaban las naves europeas en medio del ambiente de fuerte enfrentamiento entre el Cristianismo y el Islam tras las conquista cristiana de Granada y la turca de Constantinopla. Los corsarios cristianos, aunque existieron en menor número, también atacaban los navíos musulmanes bajo las ordenes de los reyes cristianos.
En los primeros años del siglo aparece un personaje que, apoyado por los gobernantes turcos y bereberes se dedicó a atacar numerosas naves europeas, principalmente españolas e italianas: era Aruch Barbarroja. Este corsario llegó incluso a recibir de manos del rey de Túnez, en 1510, el gobierno de la isla de Djerba, desde donde siguió organizando sus pillajes y ataques, como la conquista de la ciudad de Mahón en 1535. Tras su muerte, su hermano Jeireddín, de quien heredó el apodo de Barbarroja, llegó a empequeñecer la leyenda de Aruch.
Más tarde surge como nuevo pirata la figura del corsario inglés, una clase social sui géneris, especializado en el robo marítimo, en el saqueo de ciudades, de puertos y de mercancías. Los corsarios disfrutaban de lo que se llama patente de corso, es decir "licencia para robar y saquear", con la autoridad explícita del rey u otro gobernante. Esta patente era privilegio de Inglaterra y Francia que tienen sus corsarios institucionalizados y que se convierte en una actividad lícita en tiempos de guerra. De esta manera los piratas clásicos se van haciendo corsarios, que es una postura más cómoda pues actúan siempre dentro de un orden legitimado y bajo la protección de la ley. La percepción de los corsarios depende obviamente del observador: para los atacados son simplemente piratas, o mercenarios sin escrúpulos, mientras que para sus connacionales son patriotas e incluso héroes. En algunos casos después de expirada la licencia o acabada la guerra, vuelven a actividades privadas como ricos burgueses que a veces son condecorados. En Inglaterra existen monumentos levantados a algunos de estos corsarios, considerados como padres de la patria. El más famoso de todos es sir Francis Drake, insigne almirante, honrado por su reina en agradecimiento a los servicios prestados. Algunos otros una vez acabado el conflicto, continúan su actividad convertidos en simples piratas
En el siglo XVI se fomenta entre los corsarios y piratas el acoso y derribo de los galeones españoles y la captura de sus hombres. En Dover se llega a pagar 100 libras en pública subasta por hidalgo capturado.
Surge después una actividad nueva: los piratas o corsarios se hacen negreros y se apoderan en África de material humano para vender y esclavizar. Figura de esclavista británico más sobresaliente de este momento es John Hawkins que pobló de negros africanos toda el área del Caribe.
Durante los primeros siglos del dominio español en América, piratas que intentaban, y en muchos casos lograban robar valiosos cargamentos de oro y otras mercancías procedentes del Nuevo Mundo abundaron en el Mar Caribe, el cual presentaba un lugar ideal para la actividad por su abundancia de islas en las cuales los piratas podían refugiarse.
En el siglo XVII el Trópico de la América hispana se convirtió en el escenario donde actuaban a destajo los lobos de mar a menudo amparados por los grandes países de Occidente (principalmente Inglaterra, Francia y Holanda). Es una modalidad nueva en el tema de la piratería. Se les llama bucaneros. Sembraron el terror y la desolación en las poblaciones situadas en el Golfo de México y en el Caribe. Veracruz, Cuba, Santo Domingo, Cartagena de Indias, Panamá y Nicaragua fueron los lugares más castigados, víctimas de saqueos, asaltos y torturas. En este caso resaltan las figuras de Henry Morgan, El Olonés, Lorenzo (pirata), todos ellos piratas degenerados y sin escrúpulos, cuyas biografías han llegado hasta nuestros tiempos. En estos lugares azotados y desprotegidos no contaban con ninguna defensa por parte del imperio español de ultramar. El bucanero es la degradación colectiva del pirata. Si en algún tiempo tuvo algún ideal romántico, éste desaparece por completo y se convierte en un ser sumamente corrupto.
En el siglo XVIII surgen una serie de aventureros que llenan las costas americanas y que van en busca de fortuna. Son mercaderes y negreros, bandidos y contrabandistas. Navegan por iniciativa propia pero con dispensa pública de sus gobiernos respectivos. Se dedican casi exclusivamente al saqueo de las riquezas obtenidas por los españoles para su propio provecho. A estos nuevos piratas, en España, se les llama herejes luteranos por sus actividades que se consideran no sólo ilegales sino violadoras de la fe católica. Tenían su cuartel general en las colonias de Barbados y Jamaica, que llegó a ser la isla más rica e inmoral del mundo. Estuvieron actuando de generación en generación por espacio de 200 años. Algunos historiadores modernos que han investigado el tema a fondo consideran que la piratería de estas gentes fue un factor decisivo en la decadencia del imperio español. En la isla de la Tortuga, los bucaneros tuvieron una base internacional durante los siglos XVII y XVIII. Allí se dieron cita los más conocidos piratas procedentes de varios países. Tenían una asociación llamada Hermanos de la Costa. La cofradía admitía a los proscritos, forajidos y a los tipos más crueles que se presentasen. Los nombres más conocidos de esta época son: Agrammont, Pierre Legrand, Rock el Brasileño, Capitán Roberts, Low y Lewis. Muchos colonos insatisfechos con el provecho que sacaban a sus tierras y deseosos de enriquecerse con rapidez se les unieron en sus hazañas.
Hubo un pirata con vocación de escritor, llamado Alexander Olivier Exquemelin que nos ha dejado un verdadero tesoro en su obra Los piratas de América. Narra no sólo la descripción del ser perverso, sino la geografía por donde se movía, la historia de muchos de ellos, costumbres, recompensas, etc.
Después surgió el pirata filibustero, especialista en el robo y pillaje de barcos españoles y en introducir mercancías de contrabando sobre todo en Cuba y en las islas cercanas. La palabra filibustero viene del inglés fly-boat, un tipo de buque ligero al que los españoles llamaban filibote. A estos piratas se les llamaba en inglés free-booters, merodeadores del mar. Eran tipos sin escrúpulos como sus anteriores colegas, pero tenían costumbres distintas pues esta nueva especie liquidaba rápidamente el botín conseguido, en orgías y demás, para empezar de nuevo la aventura del pillaje. Tenían a gala un lema: contamos con el día en que vivimos y nunca con el que habremos de vivir.
A partir del año 1697, parte de la piratería se trasladó a América del Norte y parte al continente Asiático, al mar Rojo y costa de Malabar, con su base de operaciones en la isla de Madagascar. En Asia, el nuevo escenario es el mar de la India. El corso británico vuelve a tomar la patente y surgen figuras como Avey y Kidd. En el Extremo Oriente persiste la actividad de piratas portugueses, holandeses y británicos y sus andanzas visitan los mares de la India, China, Japón, Malasia y Borneo.
En el siglo XIX surgen cambios. A partir de 1850 los piratas se ven poco a poco acosados con la ayuda de los recientes adelantos técnicos, científicos, e incluso represivos. Los ladrones del mar se ven impotentes sobre todo ante el avance técnico de los medios de comunicación y de las organizaciones defensivas.
En la América hispana se mezclan los idealistas, contrabandistas, mercenarios y negreros y luchan al lado de los independentistas que quieren liberarse del despotismo de la Corona española. Actúan desde Florida, donde los filibusteros estadounidenses acosan los barcos españoles. Los historiadores ven en este proceder una preparación para la guerra de Cuba.
En toda esta selva de piratería hay un personaje insólito que representa el auténtico romanticismo pirata. Bartolomé Misson, de nacionalidad francesa es un pirata idealista, preocupado por la justicia, por construir un Estado utópico en alguna isla del Océano Índico. Se ha dicho de él que es un equivalente al Quijote, en el mundo de la piratería. Sus biógrafos cuentan que siempre repartía el botín equitativamente entre su gente y que dejaba en libertad al capitán de la nave apresada.
Los investigadores y analistas del tema de la piratería creen que no es un asunto resuelto aún y que está presente en nuestros días de maneras diversas.


