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Estados Pontificios

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Mientras Roma fue la residencia de los emperadores, los papas eran considerados como una especie de funcionarios religiosos: no podían tomar posición de su sede sin el consentimiento del emperador; virtualmente, estaban bajo su dominio. Cuando ,el emperador, se trasladó a Constantinopla, la residencia imperial, la situación temporal de los papa cambió radicalmente. Siguiendo en teoría sujetos al emperador, pero, en realidad, el emperador dejó de nombrar a los papas; la elección que se hacía por los romanos en Roma, no se ratificaba por el emperador. Desde el punto de vista político, esto también representaba un importante cambio. La suprema y universal potestad del papa en el orden espiritual requiere un soporte en lo temporal, y no cualquiera, sino la plena soberanía política. Es un requisito moralmente necesario, que se deriva de su cualidad de jefe de todos los católicos del mundo. O el papa es soberano político o no. Si no es soberano, tendrá que ser súbdito. Y siendo súbdito de un Estado cualquiera, no podrá tener el universalismo propio del padre de todos los fieles, ni la libertad de acción y de comunicación con todos sus hijos en cualquier circunstancia. Necesita, pues, en virtud de su cargo espiritual, reinar en un Estado, todo lo minúsculo que se quiera, pero al fin, Estado independiente y soberano. Hoy se circunscribe a la llamada Citta Vaticana; antiguamente abarcaba territorios más extensos.

ORIGEN DE LOS ESTADOS PONTIFICIOS Dos teorías hubo algún tiempo 1. Donación de Constantino Esta primera afirmaba que la soberanía política de los papas nació de una donación extendida en diploma solemne por el Emperador Constantino. Y se deducía el documento Constitutum Constantini. Esa Constitución imperial se compone de dos partes: la Confessio y la Donatio. En la Confessio, Constantino hace profesión de su fe católica, en la cual cuenta largamente cómo fue curado milagrosamente de la lepra, instruido en la religión cristiana y bautizado por el papa San Silvestre. En la Donatio relata los beneficios y privilegios que él, en agradecimiento, otorga y confirma a San Silvestre y a sus sucesores en la cátedra de Roma, que tenga la supremacía sobre todas las Iglesias del orbe, incluyendo los cuatro patriarcados orientales; que disfruten de los honores imperiales, llevando diadema y mitra, el palio cruzado sobre el hombro, clámide púrpura, cetro y demás insignias propias del emperador; y en fin, para que la dignidad pontifical brille más aún que la imperial, le concede junto con el palacio lateranense el señorío sobre Roma y todo Occidente, retirándose él a Bizancio. Este documento no resiste a la más sencilla critica interna y externa. Su estilo y lenguaje, sus inverosimilitudes, sus crasos errores históricos delatan la mano de un falsario de época posterior. Por otra parte la tradición documental no se remonta más allá del siglo IX. Hasta el siglo XV era raro que se dudase de la autenticidad, si bien se discutía acerca de sus alcance y validez. Nicolás de Cusa fue el primero en declararlo apócrifo, después de someterlo a un estudio imparcial. Y otros autores hicieron lo mismo. Repudiada históricamente la donación de Constantino, ideóse otra teoría para explicar el origen de los Estados de la Iglesia. Y se afirmo que la soberanía política de los papa tuvo su origen en los tratados de Pipino y de su hijo Carlomagno con los Papas Esteban II y con Adriano I. Hay que reconocer en esta teoría un fondo de verdad, pero inexacta, porque esos tratados son más bien reconocimientos y restituciones; legalizan jurídicamente lo ya existente, mas no eran la soberanía, y como dicen los documentos, “restituyen a San Pedro” los territorios que pretendían para sí los longobardos. Los Estados pontificios adquieren con eso una especie de reconocimiento internacional. 2. Patrimonio de San Pedro Históricamente brotó y se fue desarrollando la soberanía de los papas con el paulatino crecimiento de los haberes y posesiones del Pontífice Romano, o sea, con el desenvolvimiento de lo que se llamó Patrimonium Petri, patrimonio de San Pedro, que bajo el influjo de múltiples causas históricas, tanto económicas y sociales como políticas, convirtieron al obispo de Roma, primero en un gran terrateniente, y luego, en una autoridad civil de enorme influjo social, y en fin, en un soberano con súbditos y Estados temporales. El Patrimonium Petri se fue formando a imitación de lo que el Derecho romano denomina Patrimonium Principis. Éste, en un principio consistía en propiedad personal o fortuna privada del emperador, desde los Flavios y Antonios, con el fisco, al que confluían todos los bienes de la corona, muebles y inmuebles adquiridos por herencia, por donativos, por confiscaciones de los aristócratas, las rentas de las provincias imperiales, etc.,capital enorme a disposición del emperador, y con el cual se mantenía el ejercito, la marina, la posta. No pocos de esos bienes de la corona consistían en casas, villas, campos, minas, bosques, etc., esparcidos por diversas regiones de Italia, de las Galias, de España, África, el Oriente.

Se podría decir que la primera piedra del Patrimonio de San Pedro, la raíz de donde creció todo el Estado pontificio fue el sepulcro mismo del Apóstol San Pedro en la vía Cornelia, sobre el que ya hacia el año 160 levantó San Aniceto un pequeño túmulo o trofeo; luego, el cementerio de Calixto. Constantino donó a la Iglesia las basílicas de San Pedro y San Pablo, dotándolas de extensas posesiones, que antes pertenecían al Patrimonium Principis. A imitación del emperador, los ricos, los patricios romanos y todo género de fieles dejaban en testamento muchas de sus posesiones (campos, prados, selvas, minas) o renunciaban a ellas en vida cediéndolas al príncipe de los apóstoles. Así se formó el Patrimonio de San Pedro, que luego se extendió por otras provincias y que, gracias a la sabia administración de los papas, hizo de éstos los ricos y poderosos terratenientes de Europa, máxime en un tiempo en que por la invasión de los bárbaros yacía la agricultura en el mayor abandono y retraso.

EXTENSIÓN DE LOS ESTADOS PONTIFÍCIOS

Bajo el pontificado de San Gregorio Magno (590-604) los patrimonios de San Pedro comprendían en Roma el Patrimonium urbano, y cerca de la ciudad el Patrimonium viere Appiae con la massa Aquae Salviae en la vía Ostiense, la Apulia y la Calabria, cuyo administrador residia en Suponte; la Lucania y grandes selvas de los Abruzos, vastas posesiones en la Sabina, el Samnio(Patrimonium Samniticum), la Campania (Patrimonium Campaniae) con la región de Nápoles, la isla de Capri y la ciudad de Gaeta, donde se extraían granos, aceite, vinos, frutas y también minas de plomo, en Tuscia; en el Piceno, la Pentápolis, la región de Ravena, Liguria e Istria, otros patrimonios en Córcega, Cerdeña y sobre todo en Secilia, que seguía siendo el granero de Roma, y cuyos centros administrativos eran Siracusa y Palermo, más posesiones en África septentrional, junto a hipona, en las Galias (cerca de Arlés y Marsella), en Dalmacia y hasta en el Oriente. Casi todos ellos se mencionan en las cartas de San Gregorio Magno . Consistían en casas de labranza o fincas que llevaban el nombre de fundos. La reunión de varios fundos-de 5 a 15 y aun 34-se decía massa, y solía darse en arriendo . A veces los habitantes de una massa eran tan numerosos, que se constituía para ellos un obispado. Las massas de una provincia formaban un patrimonium. Entre las posesiones pontificias figuran también algunas ciudades, como Gallípolis, Otranto y otras. El nombre que conservaban algunos fundos y masas indicaban claramente su procedencia de nobles familias romanas, verbigracia, fundus Cornelii, fundus Pompilianus, massa Papirianensis, massa Furiana, Pontiana. etc. Todo ese variado territorio formaba parte del patrimonio de San Pedro, la Familia Romana Eclesial, cuyo padre era el Papa.

DESARROLLO DE LOS ESTADOS PONTIFÍCIOS

El papa rige y administra sus vastos patrimonios como un antiguo patriarca. Pero llega un momento en que esos terri-torios-los más próximos a Roma, con otros que hacen con ellos causa común-corren peligro inminente de ser inva-didos por un pueblo bárbaro. Llaman en su auxilio al exarca de Ravena y al mismo tiempo al emperador de Bizancio y ambos se desentienden por no tener fuerzas para socorrerles. Entre-gados a su suerte y a merced del enemigo, acuden al papa. Este es el único que se sacrifica por ellos, el único que los defiende. Los organiza para la guerra, les da leyes. Ya desde los tiempos de San León I estaban acostumbra-dos los romanos a mirar al papa como a su único protector cuando la autoridad imperial se sentía impotente, como su-cedió frente a un Atila (452) y frente a Genserico (455). Cuando los lombardos invadieron Italia, en 568, no pudie-ron conquistar ni el territorio de Ravena, ni Pentápolis –las cinco ciudades italianas entre las cuales se contaban Rímini y Ancona-, ni Roma y sus alrededores. Estos territorios siguieron sujetos a la soberanía del empera-dor de Constantinopla, bajo la inmediata autoridad del exarca, que residía en Ravena. Pelagio II (584) pide a Bizancio salven a Roma. Los emperadores, lejos de mandar tropas, lo que hacen es meterse en disputas teoló-gicas y favorecer a las herejías. El papa es el único que trabaja por salvar a la ciudad abandonada. San Gregorio Magno sube a la cátedra de San Pedro el año 590. Su noble linaje, su talento y su santidad rodeaban al nuevo pontífice de un prestigio nunca visto. Ya que organizó y administró sus patrimonios. Gregorio interviene con el emperador de Bizancio reprochándole sus injusticias; los más altos dignatarios buscan su intercesión; hasta en los negocios militares tiene que actuar con el consejo y con la acción alabando o reprochando a los oficiales del ejército imperial, comunicándoles los planes de los enemigos, man-dando un jefe a las tropas de Nápoles, alistando milicias locales, reparando las fortificaciones y aun entablando una paz con los longobardos contra la voluntad del exarca de Ravena. En dos ocasiones negocia y pacta con Agilulfo, sin que el emperador bizantino intervenga para nada, porque Bizancio está demasiado lejos, ocupada en guerras con áva-ros y persas. Los papas nunca fueron tan populares en Italia como en el período de las invasiones de los bárbaros -Visigodos, con Alarico, inician a fines del siglo IV d.C. incursiones de pillaje por la península de los Balcanes, para iniciar su marcha hacia la península italiana; Vándalos, atraviesan la Galia y llegan a Hispania; ostrogodos, que estaban inicialmente asentados junto al mar Negro. Después de ser destruido su reino por la acción de los hunos, que procedían de Asia, los ostrogodos se dedicaran a saquear el área de los Balcanes, para pasar finalmente a la península italiana, donde se establecerán definitivamente- del siglo V al siglo VIII. En el 752, Astolfo, rey de los lombardos, quiere invadir las posesiones bizantinas. Después de ha-berse apoderado de Ravena, pretende dirigirse contra Roma, pero el papa Esteban II, recientemente elegido, dudó a quien acudir. ¿Al emperador bizantino? éralo entonces Constantino V Coprónimo -cruel perseguidor de los católicos- y a su corte llegaron las suplicas del Papa, según nos lo asegura Anastasio, pero en emperador iconoclasta no podía ni quería intervenir. y dejo abandonada Italia, y perdió sus derechos sobre ella. En cambio, en Francia, reinaba Pipino, el monarca más poderoso de Occidente, deseoso de mostrar su agradecimiento al jefe de la cristiandad. A él se dirigió el papa Esteban II; y habiendo recibido dos embajadores de Pipino, con ellos salió de la ciudad. Se presentó primeramente en Pavía, capital de los longobar-dos, con objeto de tratar con Astolfo; pero cuando éste se negó a todas las reclamaciones, el papa franqueó los Alpes por el San Bernardo, en un viaje de trascendencia histórica minuciosamente relatado por el Liber Pontificalis. En llegando a la abadía de San Mauricio de Valais, se encontró con dos embajadores de Pipino, que le dieron la bienvenida en nombre de su rey y le señalaron como lugar de reunión el castillo de Ponthion. Veinte millas antes le salió al encuentro un niño de unos doce años. Llamábase Carlos Era hijo del rey y será Carlomagno. Luego llegó Pipino. Al ver al pontífice, se bajó del ca-ballo, se postró en tierra, tomó las riendas del caballo del papa. En la ca-pilla de palacio expuso Esteban a Pipino la angustiosa si-tuación de Italia, pidiéndole defendiese «la causa de San Pedro y de la república de los romanos». El rey franco se mostró dispuesto a todo y prometió con juramento. Apretaban los fríos del invierno, por lo cual Pipino le invitó a venirse con él al monasterio de Saint Denis en París. Allí se juraron mutua alianza y amistad. Pipino y sus hijos. Carlos y Carlomán, prometieron defender siempre a la Igle-sia romana y al papa; este, por su parte, no sólo legitimó la dinastía carolingia, conminando a los nobles a no elegir nunca rey de otro linaje, sino que volvió a ungir con el óleo santo a Pipino, junto con sus hijos. Este pacto entre las dos potencias se legalizó oficialmente en Quiercy, en abril del 753. Lo conocemos por el Liber Pontificalis. No se conserva el documento, pero debía de contener la promesa de restitu-ción, los territorios de Italia central, Exarcado (Ravena, Ferrara, Bolonia, etc.) y la Pentápolis (Rímini, Pesaro, Fano, Sinigaglia y Ancona), paí-ses que habían pertenecido a los bizantinos. Trato primero el rey franco de mover con razones pacíficas a Astolfo a que restituyese al papa los territorios conquistados; mas re-sultando infructuosas las medidas diplomáticas, se puso en marcha con su ejercito aquel mismo año. Astolfo, derrotado en Susa y sitiado en Pavía, hubo de prometer la devolución de la ciudad de Ravena y otras veintiún ciudades con sus tierras. Pipino retorno a Francia y el papa se dirigió a Roma; mas, de pronto, arrepentido de su promesa, Astolfo se niega a cumplir su palabra y hasta se precipita con sus tropas so-bre la Ciudad Eterna, le pone asedio y saquea las catacum-bas. Es entonces cuando Esteban II escribe a los ungidos de San Pedro, Pipino y sus hijos, recordándoles el tratado de Quiercy, y en una segunda carta de la misma fecha (febrero de 753) que, el papa Esteban II, que dicta y suplica ayuda. Pipino, con objeto de socorrer al papa, pasó los Alpes en 754 y 756, sitió al rey lombardo en la ciudad de Pavía y le obligó a restituir todo lo conquis-tado: el exarcado de Rávena y la Pentápolis. Entonces hizo donación de ello a la Santa Sede y ordenó depositar las llaves de las distintas ciudades y el acta de donación sobre el sepulcro de san Pedro. Este hecho convirtió al papa en soberano oficial de los Estados de la Iglesia. Al presentarse entonces un embajador de Bizancio pidien-do se le restituyesen las ciudades del Exarcado, oyó esta respuesta: «No he salido a campaña sino por amor a San Pedro y remisión de mis pecados y jamás revocare la oferta hecha a San Pedro». Pipino redacto, sin atender para nada a los antiguos dueños, un documento de donación territorial al papa. Sería en la primavera del 756. Este hecho convirtió al Papa en soberano oficial de los Estados de la Iglesia, y es desde este momento que tuvo existencia legal en nuevo Estado Pontificio, o la Republica Sanctae Ecclesiae. En el año 756 este dominio fue oficialmente cedido al pontífice Esteban II por Pipino el Breve, monarca de los francos, como agradecimiento por haberlo nombrado rey. Sus posesiones se fueron ampliando a través de donaciones, adquisiciones y conquistas y, de esta forma, los futuros Estados Pontificios, legalmente establecidos por Carlomagno en el siglo IX, llegaron a abarcar prácticamente toda la zona central de Italia.

En el 800, León III le corono emperador en Roma. Esta coronación y la entrega de territorios que habían pertenecido al emperio de Constantinopla causaron el rechazo violento, que decidió que la ruptura política suponía también ruptura religiosa. 

En el año 846 los sarracenos desembarcaron en Ostia, cercaron Roma y la saquearon. Y el año 847, el papa León IV ordenó levantar una gran muralla, la muralla se extiende por detrás de la Basílica Vaticana y baja hasta la orilla del Tíber. Esta construcción transformó la zona de San Pedro en un recinto amurallado. Protegía la gran Basílica y los tesoros que ésta contenía, así como las iglesias menores, los monasterios, las casas del clero, los apartamento papales, las casas y los huertos de los residentes, las sedes de los diáconos y las casas de acogida para peregrinos. No obstante, convertían al mismo tiempo a la ciudad en un distrito sui generis, diferente del resto de la ciudad, que recibió el nombre de Leonina. Este pontificado represento bien la situación de papa, que tuvo que enfrentar a las diversas monarquías carolingias que , cada una por su lado, pretendían dominar y manejar a su gusto las iglesias de sus dominios. Nicolás I (858-867), probablemente el papa más importante de la época, afirmo que: “Cristo a concedido y confiado a Pedro el derecho del reino celeste y del reino terreno”. Y Juan VIII reivindico en el año 879 el derecho del papa confirmar la elección imperial “por que quien ésta a la cabeza del imperio debe ser llamado y elegido por nosotros”. Nicolás se esforzó por conseguir que en el interior de la Iglesia se respetase la independencia y supremacía espiritual de la sede apostólica, y que los reyes aceptasen su eminente papel político. Estos seguirán las mismas vicisitudes del papado. Sentirán el peso del Feudalismo, sufrirán la dominación de la corte alemana. En el 1115, la condesa Matilde dejó al papado sus vastas posesiones de Italia, centro-septentrional. Hasta finales del s. XII no consiguieron los papas tener el control completo de los territorios del estado de la Iglesia.

A principios del XIV, la hostilidad de los nobles italianos obligara a los papas a abandonar a Roma papa trasladar al destierro de Aviñón.

En el siglo XIV, los turcos invadieron Europa tomando Adrianópolis y evitando enfrentarse a Constantinopla. Un gran número de ellos se asentó en los Balcanes, derrotando a un gran ejército cruzado en Nicópolis en 1396. En mayo de 1453, el sultán turco Mehmet II tomó la debilitada Constantinopla con la ayuda de pesados cañones. Con la caída de Constantinopla, el Imperio Bizantino tocó a su fin. A finales de la edad media, había en la península seis Estados principales: el ducado de Saboya, el de Milán, las republicas de Florencia y Venecia, los Estados Pontifícios y el reina de Nápoles.



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