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La épica, también llamada narrativa, es un género literario en el cual el autor presenta de forma objetiva hechos legendarios o ficticios desarrollados en un tiempo y espacio determinados. El autor usa como forma de expresión habitual la narración, aunque pueden ser también la descripción y el diálogo.
Esta alternativa del discurso tiene como origen la observación aristotélica entre mímesis y diegesis, es decir, entre narración y descripción.
En la épica se encuadran los siguientes subgéneros:
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La intriga es la trama o argumento, lo que pasa, lo que se cuenta. La forman los sucesos, expuestos en orden artificial o artístico.
La intriga se puede mostrar en el discurso de dos modos:
Si el discurso sigue un orden regido por una cronología o temporalidad objetiva, la intriga tiene una escritura lineal. Cuando se altera el orden de los sucesos, la intriga se presenta como discontinua o no lineal. Cuando la intriga se ofrece linealmente, es decir, cuando la relación de los sucesos es acorde con la sucesión lógica de la temporalidad objetiva, la estructura de la intriga progresa hasta alcanzar un momento sublime, llamado clímax argumental. En las novelas de intriga lineal el clímax es el momento de solución definitiva y estable del proyecto emprendido.
El personaje de novela no es un ser aislado: la definición de un personaje radica en cómo es y cómo lo ven los otros, qué relaciones establece con sus ayudantes y adversarios. Un personaje está también conformado por el ambiente.
La nominación puede ser meramente funcional, pero también puede aportar una significación. El nombre de los personajes es un primer rasgo caracterizador: lo distingue de otros personajes. Esta caracterización puede ser muy elemental cuando es sólo designativa. Pero el nombre puede caracterizar también de un modo expansivo (y no sólo designativo): puede aludir a su incrustación social (La regenta), resaltar un atributo material, describir un rasgo moral (San Manuel Bueno, mártir o El amigo Manso), señalar un oficio, exponer la actitud del narrador.
Caracterizar a un personaje es dotarlo de atributos materiales, temperamentales, morales, ideológicos, etc.
Ésta puede ser de dos modos: directa e indirecta. Es directa cuando explícitamente se dice cómo es el personaje. Es frecuente en el relato tradicional. Puede ser hecha por tres sujetos: el narrador, otro personaje y el propio personaje describiéndose a sí mismo.
El relato evoca un complejo de experiencias humanas determinadas en el tiempo y en el espacio.
El espacio colabora decisivamente en la configuración positiva o negativa del personaje.
La literatura es un arte temporal. Los distintos estratos de temporalidad se podrían resumir así:
Se trata de analizar el punto de vista del autor con respecto a lo que nos está contando. Atendiendo a la persona que cuenta la historia y al grado de intervención y conocimiento de la acción, puede establecerse el siguiente esquema:


