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Uno de los más importantes episodios de la historia naval del Perú, tuvo como
protagonistas a Miguel Grau, el marino más destacado que
ha dado ese país y al Monitor Huáscar, el legendario blindado,
gestor de las tradiciones navales peruanas y del otro lado, la fuerza naval chilena muy
superior en unidades navales y en potencia de fuego, dividida en dos divisiones navales al mando del comodoro Galvarino Riveros.
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Las razones de este conflicto pueden ubicarse muy atrás en la historia y que sus raíces profundas pueden remontarse hacia mediados del siglo XVII, cuando la economía chilena se vio reducida a una condición de verdadera dependencia de los precios impuestos por los navieros y comerciantes asentados en el Perú antes de la independencia de este país. Las luchas por la independencia cambiaron esta relación en provecho de Valparaíso, pero el enorme potencial peruano se mantuvo como una amenaza latente para revertir dicha situación. La clase dirigente chilena cobró temprana conciencia de ello y, mucho más cohesionada y austera que su contraparte peruana, logró sentar las bases de una estabilidad política que conllevó mayor coherencia en sus planes de largo aliento.
El Perú, por su lado, sometido a multitud de disputas internas, no logró cohesionarse y desperdició las enormes riquezas con que la naturaleza ha dotado a su territorio. Tempranamente, el mariscal Santa Cruz trató de reunificar el Alto y el Bajo Perú, formando la Confederación Peruano-Boliviana. Chile se sintió amenazado por ella e instigó y apoyó a los peruanos que rechazaban a Santa Cruz. Finalmente declaró la guerra y destruyó a la Confederación. Por otro lado, la definición de los límites entre Chile y Bolivia era un problema latente desde los albores republicanos. Sin embargo, la creciente importancia del salitre, explotado mayoritariamente por capitales y mano de obra chilena en el litoral boliviano, motivó que el gobierno boliviano impusiera ciertas medidas económicas que fueron rechazadas por los afectados. El gobierno de Santiago vio en ello un motivo de intervenir militarmente e invadió el litoral boliviano. El Perú, unido a Bolivia a través de un tratado de alianza firmado en 1873, intentó detener la guerra por diversos medios. Sin embargo, la decisión chilena era firme y el Perú se vio forzado a honrar su compromiso e ingresó a la guerra en condiciones de alistamiento realmente lamentables.
El Ejército estaba bastante lejos de constituir un aparato militar eficiente, con mandos politizados y una oficialidad surgida al fragor de las revoluciones. Todo ello llevaba a que adoleciera de un sólido espíritu de cuerpo. Por otro lado, la tropa, mayoritariamente serrana, no se sentía totalmente identificada con el concepto de nación peruana, el equipamiento era dispar y en muchos casos obsoletos, y el entrenamiento era prácticamente nulo. Si bien la Armada contaba con un cuerpo de oficiales profesional, los elevados costos de reposición habían hecho que este país tuviera una flota anticuada, con unidades que habían llegado a un nivel de deterioro apreciable.
Chile, por su parte, desde principios de la década de 1870 había, invertido considerables sumas en su ejército y armada, habiendo alcanzado un elevado grado de eficacia combativa en ambas ramas. Por otro lado, era claro que la estabilidad política, lograda desde la década de 1830, había contribuido a consolidar un sentido profesional en sus fuerzas armadas que se veía reflejado en la permanencia de sus altos mandos.
La armada chilena contaba con dos blindados muy superiores a los peruanos, tanto en poder de fuego como en coraza. La infantería había homogeneizado su armamento con los fusiles tipo Grass y Comblain, ambos con un mismo tipo de munición. La artillería era Armstrong y Krupp, de los últimos modelos, y sus sirvientes contaban con carabinas Winchester para su protección. La caballería estaba igualmente dotada con este tipo de carabinas, además de las armas blancas, que les eran usuales.
Debido a las características del litoral boliviano y del extremo sur peruano, en el que se extiende el desierto de Atacama, y teniendo en cuenta las experiencias de la Guerra de la Independencia y contra la Confederación, Chile conocía que era necesario sortear por mar este territorio para poder trasladar a sus tropas e invadir el territorio peruano. Para ello tendría que lograr el dominio del mar. El Perú, por su parte, también comprendió que esta era la maniobra lógica que adoptaría Chile. De ese modo, ambas naciones dieron inicio a la campaña naval como la primera parte de la guerra.
La Escuadra peruana, al mando del capitán de navío Miguel Grau Seminario, estaba conformada por el blindado tipo monitor Huáscar, la fragata “Independencia”, los monitores “Manco Cápac” y “Atahualpa”, la corbeta “Unión”, la cañonera “Pilcomayo” y los transportes “Chalaco”, “Oroya”, “Limeña” y “Talismán”. Estos últimos habrían de cumplir una función muy importante durante el conflicto, manteniendo abierta la ruta de abastecimiento peruana con continuos viajes entre el Callao y Panamá, así como a otros puntos del litoral, transportando tropas, pertrechos y municiones, burlando a la poderosa escuadra enemiga.
La Escuadra chilena, al mando del contralmirante Juan Williams Rebolledo, estaba compuesta por los blindados “Almirante Blanco Encalada” y “Almirante Cochrane”, las corbetas “Chacabuco”, “O'Higgins” y “Esmeralda”, y las cañoneras “Magallanes” y “Covadonga”, además de varios transportes. El balance de poder era favorable a la marina chilena, dado que sus naves, sobre todo los dos blindados, tenían mejor artillería, mayor velocidad y coraza, en comparación a las naves peruanas.
El planteamiento fue muy claro en ambos lados. La escuadra chilena era superior materialmente a la peruana, no sólo en número sino también en la calidad de sus buques. Debía entonces buscarla y destruirla lo más pronto posible. La escuadra peruana, por su parte, dada su inferioridad en medios, debía prolongar lo más posible su presencia como una amenaza efectiva en el mar, no tanto para la escuadra chilena sino para el tráfico marítimo de ese país, entablando combate únicamente cuando estuviera en superioridad de condiciones o cuando éste fuese inevitable. El tiempo que se ganara en ello sería en provecho de la preparación de las defensas en el sur peruano y la adquisición de nuevas naves y armamento.
La primera acción tuvo lugar apenas siete días después de declarada la guerra, el 12 de abril de 1879, cuando la corbeta “Unión” y la cañonera “Pilcomayo” atacaron y persiguieron a la corbeta chilena “Magallanes” frente a Punta Chipana. Por su parte, la escuadra chilena en el Perú bombardeó Mollendo, Pisagua, Mejillones e Iquique, antes de dirigirse hacia el Callao con el propósito de destruir la escuadra peruana.
Sin embargo, fracasó en este intento debido a que los buques peruanos habían zarpado días antes de su arribo, dirigiéndose a la ciudad peruana de Arica con el director supremo de la guerra, el general Mariano Ignacio Prado.
El 17 de mayo la flota peruana puso rumbo a Arica, donde desembarcó el Presidente Prado, para dirigir la guerra desde ese puerto peruano. Casi de inmediato fueron despachados a Iquique el monitor “Huáscar” y la fragata “Independencia”, con instrucciones de levantar el bloqueo de ese puerto, sostenido por la corbeta chilena “Esmeralda”, la cañonera “Covadonga”, y el transporte “Lamar”.
El 21 de mayo de 1879 el monitor “Huáscar” al mando del Capitán de Navío Miguel Grau Seminario, y la “Independencia” al mando del Capitán de Navío Juan Guillermo Moore, ingresaron a la bahía de Iquique y se enfrentaron a los ya mencionados buques chilenos comandados, respectivamente, por Arturo Prat Chacón (Esmeralda) y por Carlos Condell de la Haza (Covadonga). El transporte “Lamar” izó bandera norteamericana y puso rumbo al sur, en lo que fue imitado por la cañonera “Covadonga” que fue perseguida por la “Independencia”. Mientras tanto, el “Huáscar” en Iquique cañoneaba a la “Esmeralda”, buque que maniobró para colocarse delante de la población. Ante esto, el comandante Grau decidió utilizar el espolón, logrando finalmente hundir a la nave chilena, cuyos sobrevivientes, por razones humanitarias, fueron rescatados por los marinos peruanos. En este combate murió el Teniente Primero Jorge Velarde, primer héroe naval peruano de la contienda.
Mientras tanto, la “Independencia” había encallado en Punta Gruesa, al sur de Iquique y tan pronto se percató de esto, el comandante Condell de la “Covadonga”, volvió sobre sus aguas. Contrariamente a lo que había sucedido en la rada de Iquique con los náufragos de la “Esmeralda”, ordenó disparar contra los sobrevivientes peruanos. Cuando la “Covadonga” vio acercarse al “Huáscar” huyó del lugar y el monitor procedió a recoger a los sobrevivientes.
Posteriormente Grau, en otro gesto de caballerosidad que lo enaltece, escribió a Carmela Carvajal viuda del héroe naval chileno Arturo Prat Chacón, comandante de la “Esmeralda”, muerto en la cubierta del “Huáscar”, una carta en la que elogiaba la actuación de su esposo y le enviaba algunas de sus prendas personales, entre ellas su espada.
En los meses siguientes, el “Huáscar”, prácticamente sólo, mantuvo en jaque a la escuadra rival, incursionando atrevidamente en aguas chilenas, capturando sus naves y atacando los puertos de Antofagasta, Caldera, Coquimbo, Taltal y Tocopilla. Combatió con el “Almirante Blanco Encalada” en Ilo, y con el “Abtao”, el “Matías Cousiño” y la “Magallanes” en Antofagasta.
Aquellos seis meses, en que sólo la habilidad de Miguel Grau, logró detener a la flota chilena, han sido calificados como el milagro de la Campaña Naval de la Guerra del Pacífico por el historiador venezolano Jacinto López en su libro “Historia de la guerra del Guano y el Salitre”.
Una de las acciones más importantes en ese lapso fue la captura del transporte chileno “Rímac”, ocurrido el 23 de julio de 1879. En esa fecha, la “Unión” y el “Huáscar” lograron sorprender al referido transporte naval, que llevaba material de guerra y 240 hombres pertenecientes al regimiento de caballería Carabineros de Yungay.
La incapacidad de los mandos navales chilenos frente a las continuas incursiones del “Huáscar” al mando del Almirante Miguel Grau Seminario, fueron motivo de protestas populares, interpelaciones en el congreso y la censura del gabinete ministerial. Todo ello se agudizó con la captura del transporte “Rímac”, luego de lo cual se produjeron renuncias de ministros y se efectuaron inevitables cambios en las jefaturas del ejército y la escuadra. Los conductores de la guerra, ante la imposibilidad de iniciar la campaña terrestre para invadir el sur peruano, determinaron que el hundimiento del “Huáscar” era prioritario e indispensable para llevar a cabo sus planes.
Una de las primeras medidas fue el relevo del contralmirante Juan Williams Rebolledo en el mando de la Escuadra chilena por el capitán de navío Galvarino Riveros, quien dispuso que sus buques fueran sometidos a reparaciones y carena para limpiar sus fondos y prepararse a dar caza al “Huáscar”. Para dicho propósito, elaboraron un plan para capturarlo, organizando a su escuadra en dos divisiones, la primera, integrada por el “Almirante Blanco Encalada”, la “Covadonga” y el “Matías Cousiño”, y la segunda, compuesta por el “Almirante Cochrane”, el “Loa” y la “O'Higgins”. La idea era tenderle un cerco al “Huáscar”, en el área comprendida entre Arica y Antofagasta.
Continuando los acontecimientos, Grau recibió órdenes de zarpar con la “Unión” y el “Rímac” rumbo al sur, con la finalidad de hostigar los puertos chilenos entre Tocopilla y Coquimbo, en tanto que las dos divisiones chilenas habían partido hacia el norte en búsqueda del “Huáscar” llegando a Arica en la mañana del 5 de octubre, no hallando allí a su objetivo.
El “Huáscar” mientras tanto, luego de dejar al “Rímac” en Iquique, arribó en compañía de la “Unión” a la caleta de Sarco. Ahí capturaron a la goleta “Coquimbo”, para posteriormente llegar al puerto del mismo nombre y proseguir hacia el sur, hasta la caleta de Tongoy, localidad cercana al importante puerto de Valparaíso. Cumplido el objetivo de esta expedición, Grau y sus naves iniciaron su retorno a aguas peruanas.
Mientras los barcos peruanos navegaban hacia el norte de regreso, ignoraban los movimientos de los buques chilenos. Las dos divisiones enemigas avanzaban desde diferentes direcciones, en posición abierta, dispuestas a cercar a su objetivo.
Al amanecer del 8 de octubre de 1879, el “Huáscar” fue avistado por la primera división chilena, lo que obligó a Grau a virar hacia el suroeste para luego volver al norte, tratando de dejar atrás a sus enemigos. Poco después, el “Huáscar” y la “Unión” se encontraron con la segunda división chilena frente a Punta Angamos. Al percatarse de que el “Huáscar” no podría evadir el combate por su escaso andar, la “Unión” se abrió paso hacia el norte.
Luego, a las 09:40 horas, siendo inevitable el encuentro, el monitor peruano afianzó su pabellón disparando los cañones de la torre sobre el “Almirante Cochrane” a mil metros de distancia. La “Covadonga” y el “Almirante Blanco Encalada” en esos momentos se hallaban a una distancia de seis millas con dirección al “Huáscar”, mientras que la “O'Higgins” y el “Loa”, se dirigían a cortar el paso a la “Unión”. El “Almirante Cochrane” no contestó inicialmente los disparos, sino que acortó distancias gracias a su mayor velocidad, y cuando estuvo a 200 metros por babor del “Huáscar”, hizo sus primeros disparos, perforando el blindaje del casco y dañando el sistema de gobierno.
Diez minutos después un proyectil proveniente también del “Almirante Cochrane” impactó en la torre de mando y al estallar hizo volar al Contralmirante Miguel Grau y dejo moribundo a su acompañante Teniente Primero Diego Ferré. Entonces tomó el mando del buque el Capitán de Corbeta Elías Aguirre, quien continuó el combate con las naves chilenas, hasta que también cayo muerto por un disparo del contendor. Uno tras otro, los oficiales peruanos se fueron sucediendo a cargo de la nave, que recibía una y otra vez los impactos de la artillería chilena, hasta que habiendo recaído el mando en el Teniente Primero Pedro Gárezon, este oficial, viendo que ya no era posible continuar la lucha por las condiciones en las que se hallaba el buque, con sus cañones inutilizados, roto su timón, y diezmada su tripulación, dio la orden de abrir las válvulas de fondo para inundar al monitor y de esta forma impedir sea capturado por la otra parte.
A las 10:55 el “Almirante Cochrane” y el “Almirante Blanco Encalada” suspendieron el cañoneo y al ver que el “Huáscar” pronto se iría a pique, enviaron una dotación armada en lanchas para tomarlo. Cuando los marinos chilenos ingresaron a bordo, el “Huáscar” ya tenía 1,20 m. de agua y estaba a punto de hundirse por la popa. Con revolver en mano, los oficiales chilenos ordenaron a los maquinistas cerrar las válvulas y posteriormente obligaron a los prisioneros a apagar los fuegos que consumían diversos sectores de la nave. La lucha había concluido, el “Huáscar” capturado, y el mar libre para iniciar la invasión del sur peruano.
El 2 de noviembre la flota chilena se presentó en Pisagua, capturando dicho puerto después de vencer la tenaz resistencia que ofrecieron las defensas peruanas reforzadas por dos batallones bolivianos. El ejército expedicionario chileno se movió rápidamente sobre Iquique, ocupándolo el día 8 tras bombardearlo. Las fuerzas aliadas, bajo el mando del general Juan Buendía, se enfrentaron a las fuerzas chilenas en San Francisco, el 19 de noviembre de 1879, sufriendo un severo revés que las obligó a replegarse sobre la quebrada de Tarapacá, en donde se produciría una nueva cruenta batalla, en la que los peruanos derrotaron a los chilenos y capturaron su artillería. Sin embargo, la falta de municiones impidió que se explotara el triunfo y se debió continuar con el repliegue hacia Arica.
En febrero de 1880 las fuerzas chilenas desembarcaron en Ilo y avanzaron sobre Tacna. El 27 de ese mes tuvo lugar el primer bombardeo a Arica, en el cual el monitor peruano “Manco Cápac”, al mando del capitán de navío José Sánchez Lagomarsino, logro impactar en el “Huáscar”, que había sido reparado matando a su comandante, el capitán de fragata Thompson. Por otro lado, las baterías del morro, dirigidas por el capitán de navío More y dotadas por la tripulación de la desafortunada “Independencia”, sostuvieron un dueto artillero de la flota enemiga.
A los pocos días de realizado el combate contra los buques chilenos, estos, establecieron un bloqueo en Arica, el cual fue audazmente roto dos veces el 17 de marzo por la corbeta “Unión”, al mando del capitán de navío Manuel Villavicencio, que llegó a dicho puerto transportando a la lancha torpedera “Alianza” y otros elementos bélicos para la defensa de la plaza. Tras desembarcar ese material bajo fuego chileno, la “Unión” volvió a zarpar y logró hacerse a la mar nuevamente ante los absortos buques, contestando el fuego que le hacían. La “Alianza” formó parte de la Brigada Torpedista asignada a Arica, basada en la Isla Alacrán. En esa brigada prestó servicios el teniente primero Leoncio Prado.
En Tacna se reunieron las fuerzas peruanas y bolivianas bajo el mando combinado del presidente boliviano Narciso Campero, y el día 26 de mayo se enfrentaron los dos ejércitos, luego de lo cual ante la superioridad numérica chilena y por las excesivas bajas, las fuerzas aliadas tuvieron que emprender la retirada. Con esta derrota, las fuerzas que defendían la plaza de Arica quedarían sin posibilidad de recibir pronto refuerzo.
Dos días después de la batalla, el consejo de guerra que reunió a los jefes de las unidades estacionadas en Arica, se pronunció por la defensa de la plaza hasta las u1timas consecuencias, respaldando así la opinión del comandante general coronel Francisco Bolognesi. Poco después las fuerzas chilenas se presentaron frente a la ciudad, invitando al viejo coronel a que rinda la plaza para evitar lo que suponían un derramamiento inútil de sangre. El consejo de guerra volvió a reunirse y ratificó su decisión del 28 de mayo, la misma que fue comunicada al emisario chileno por el propio Bolognesi con sus célebres palabras: "Tengo deberes sagrados que cumplir y los cumpliré hasta quemar el ultimo cartucho". La artillería chilena comenzó a hostilizar las posiciones peruanas a partir del 5 y el día 7 se produjo el asalto final, por parte de seis mil quinientos soldados del país del sur contra los mil seiscientos cuarenta defensores. El resultado era previsible, más aún cuando las minas que se habían sembrado alrededor del morro fallaron en buen número.
Las bajas peruanas fueron elevadísimas. No se debe dejar de mencionar al capitán de navío Juan Guillermo More, el teniente segundo Manuel Bonhomme y el teniente segundo Manuel Terry, junto con los tripulantes sobrevivientes de la fragata “Independencia”. Ellos dotaron varias baterías y el fuerte “Ciudadela”, en la cima del Morro, como bien lo testimonia el parte que el capitán de fragata Manuel Espinosa eleva en su calidad de oficial sobreviviente más antiguo. Al caer el morro, fue hundido por su dotación el monitor “Manco Cápac”, que aún defendía la bahía, mientras que la lancha torpedera “Alianza” fue varada en la playa de Ite y destruida al quedarse sin combustible mientras trataba de alcanzar Ilo.
Desde el inicio de la guerra se formó una Brigada Torpedista para la defensa de los puertos peruanos. En Arica estuvo basada en la Isla Alacrán, prestando servicios en ella el Teniente Primero Leoncio Prado. Durante el bloqueo del Callao, la Brigada Torpedista estuvo estacionada en el pontón “Marañón”, contando entre sus miembros a los Tenientes Primero Decio Oyague Neyra y Manuel Gil Cárdenas, el Alférez de Fragata Carlos Bondy Tellería, y al ingeniero Manuel J. Cuadros Viñas.
Organizados por el Capitán de Navío Leopoldo Sánchez Calderón, la actividad de esta brigada se reflejó en el hundimiento en la rada del Callao del transporte “Loa”, el 3 de julio de 1880; y de la cañonera “Covadonga”, en la bahía de Chancay, el 13 de setiembre del mismo año.
Finalmente, después de la derrota peruana en las Batallas de San Juan y Miraflores, se destruyeron los restos de la escuadra peruana para evitar que cayera en poder de la otra parte. Se hundieron la “Unión”, “Atahualpa” y los transportes “Limeña”, “Chalaco”, “Talismán”, “Oroya”, “Rímac” y la cañonera “Arno”. Fue entonces imposible ya toda resistencia en el mar, pero los marinos peruanos continuaron combatiendo en tierra para defender la integridad territorial y la soberanía del país.
Se encontraron marinos y personal de las guarniciones de los buques peleando con el Ejército a lo largo de toda la guerra. Durante la Batalla de Arica, el 7 de junio de 1880 se inmolaron junto a Bolognesi el Capitán de Navío Juan Guillermo More, el Teniente Segundo Manuel Bonhomme y el Teniente Segundo Manuel Terry, junto con los tripulantes de la fragata “Independencia”.
Posteriormente, durante la batalla de Miraflores, el 15 de enero de 1881, los batallones Guarnición de Marina y Guardia Chalaca, al mando del Capitán de Navío Juan Fanning y del Capitán de Fragata Carlos Arrieta, defendieron heroicamente sus posiciones entre los Reductos No 2 y No 4. El primero de estos batallones llevó a cabo dos ataques sobre las fuerzas chilenas, sufriendo enormes bajas, entre ellos la mayoría de sus oficiales. El segundo batallón, formado poco antes de la batalla, también luchó con valentía y junto a su comandante fallecieron muchos de sus hombres.
Posteriormente, durante la Campaña de la Breña fueron varios los marinos que combatieron al lado del General Andrés A. Cáceres. Entre ellos el Capitán de Navío Luis Germán Astete, los Tenientes Primeros Leoncio Prado y José Gálvez Moreno, así como el Guardiamarina Héctor Villarán. Con el grado de Coronel, los marinos Astete y Prado combatieron en Huamachuco el 10 de julio de 1883, falleciendo en dicha acción el primero y siendo fusilado el segundo.
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