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Clientelismo (concepto): En Latinoamérica el clientelismo político es una institución, entendiendo por tal un patrón regularizado de interacción que es conocido, practicado y aceptado (si bien no necesariamente aprobado) por actores que tienen la expectativa de seguir interactuando bajo las reglas sancionadas y sostenidas por ese patrón (O'Donnell). Las relaciones clientelares, especialmente en estos países, tienen una larga historia de arraigo. Forman parte del hábitus de amplias capas de la población, que apelan a ellas para resolver sus problemas acuciantes. En ese sentido el clientelismo constituye un difundido patrón de interacción, con reglas propias, que ciertos actores cumplen como requisito para participar del juego propio del campo clientelar.
No es una institución universalista, sino particularista. Basada en relaciones personalizadas y no en criterios de ciudadanía, universales. El clientelismo se concreta a través de las relaciones clientelares, que adquieren características especiales. Son relaciones de dominación, sumamente desiguales donde determinados actores (los patrones) cuentan con mayor capital social, simbólico y económico que el resto. Esta relación no se da en el vacío, ni es a-histórica. Constituye un campo: un espacio de juego históricamente constituido, con instituciones específicas y leyes propias de funcionamiento (Gutiérrez). Allí los actores disputan sus intereses. El juego propio del campo clientelar es dinámico e histórico, permite que las posiciones de los actores cambien a partir de una compleja serie de cuestiones. Por ejemplo, el poder del patrón puede verse amenazado por el ingreso de un patrón alternativo, o por circunstancias especiales, como las vísperas de un acto electoral, donde necesita el voto de los clientes de la red, quienes — aprovechando la coyuntura favorable — adquieren mayor fuerza en la negociación. Incluso la dinámica propia de una red clientelar podría generar que un actor cambie de rol pasando de fiel cliente a constituirse, en virtud de la confianza obtenida con su patrón, en mediador, con lo cual suma capital para moverse dentro del campo.
Las relaciones clientelares son cara a cara, personalizadas y basadas en entendimientos informales. Permiten establecer un aspecto central del clientelismo político: sus factores subjetivos. Auyero las define como de dominación, complejas y ancladas. Complejas en tanto «dependen de una tercera parte para su continuación (aquí refiriéndose al patrón político, representado por un político en particular o por una estructura estatal). Los incentivos materiales necesarios para el desarrollo de la relación vienen del afuera y son producto de un balance de poder específico entre el mediador y el patrón político exterior» y ancladas pues «implican un reconocimiento entre actores y presuponen la construcción de un marco de conocimiento mutuo que organiza la experiencia de los actores» (Auyero).
El clientelismo generalmente (aunque no exclusivamente) se organiza en forma de redes, conformadas por los actores y sus relaciones. Auyero detectó que la red clientelar puede ser una red de resolución de problemas. Al observar que los clientes resolvían en ella la mayoría de las problemáticas que afectaban su sobrevivencia. Estudios posteriores (Torres) coinciden en la observación, reafirmando que en ocasiones la red clientelar es la única forma que poseen los clientes para afrontar sus acuciantes problemas cotidianos. Lo cual no implica afirmar que los únicos participantes de relaciones clientelares son los pobres. No obstante otros sectores sociales se incluyen en formas de clientelismo que no se constituyen en redes.
El clientelismo tiene dos componentes indisolublemente unidos que lo constituyen y estructuran: a) el intercambio; y b) los aspectos subjetivos.
a) el intercambio: primero en orden cronológico aunque no de importancia. Es lo que a través de un «favor fundacional» (Auyero) inicia la relación clientelar. En otras palabras, es la transacción producida entre mediador o patrón y cliente, mediante la cual los primeros ayudan materialmente a los segundos. b) los factores subjetivos: son el conjunto de creencias, presunciones, estilos, habilidades, repertorios y hábitos que acompañan los intercambios. Estos factores son los que consolidan la relación mediador-cliente, adicionándole cuestiones que exceden la transacción mercantilista, y la mezclan con la pertenencia común a redes sociales, familiares, étnicas, religiosas, deportivas.
Auyero y Trotta enfatizan la tarea del mediador como figura central del clientelismo político. Los punteros construyen la parte subjetiva de la relación. Trotta los define como intelectuales orgánicos: «son intelectuales pues operan con ideas, símbolos y valores que juegan en el intercambio de la relación clientelar (...) Se consideran sujetos reflexivos que en virtud de su conciencia discursiva, establecen rutinas, recreando ideología (entendidas como visiones del mundo en sentido gramsciano) que legitiman procesos estructurantes» (Trotta). En ese sentido los factores subjetivos, vinculan más estrechamente a patrones/mediadores con sus clientes, y se transforman en indispensables para que la relación clientelar no se quede en un simple hecho mercantil.
Los actores juegan en el campo clientelar con objetivos propios. Los clientes buscan respuestas a sus necesidades básicas inmediatas, los mediadores pueden motivarse por diferentes cuestiones: desde adscripción partidaria o ideológica hasta el mantenimiento de un empleo estatal, pasando por una amplia gama de temáticas. Pero, ¿cuáles son los objetivos de quienes sustentan la red clientelar?. Los patrones buscan acumulación política, como objetivo estratégico, y acumulación electoral, como objetivo coyuntural.
La acumulación política incluye tanto la búsqueda de adhesiones que legitimen su rol de dirigentes políticos como la construcción de aparatos que otorguen la posibilidad de acrecentar su poder político. El patrón no obtiene recursos económicos de la red, sino que amplía su base de sustentación para mantener su carrera política. En este sentido, los objetivos de los jefes clientelares pasan por la acumulación política. Esa acumulación debe concretarse, hacerse visible, en un momento concreto: los comicios. Ese día el poderío del patrón está puesto en discusión. Debe ratificarlo. Ello obliga a que los grupos dominantes de la red (patrón y mediadores) trabajen arduamente para que los clientes expresen en las urnas su satisfacción con el patrón. Allí es necesaria la acumulación electoral.
Los objetivos propios de cada actor son asimilables a lo que Bourdieu define como interés específico, pero al mismo tiempo es imprescindible un interés (illusio) propio del campo clientelar. Esta illusio nos habla de que los actores, más allá de sus intereses personales, le otorgan al juego en el campo una importancia primordial, dicen «vale la pena jugar». «La illusio — dice Gutiérrez — es, a la vez, condición y funcionamiento de un campo. Pero este «derecho de entrada al campo» no es reductible al cálculo consciente, es un acto de fe, es una relación de creencia. (...) Todo campo, en tanto producto histórico, engendra y activa una forma específica de interés, una illusio específica, que es la condición de su propio funcionamiento». Patrones, mediadores y clientes, aún con intereses diferenciados, concuerdan en un elemento esencial: necesitan de la red. Participar les reporta beneficios. Esta coincidencia básica sirve, al mismo tiempo, para que el clientelismo se reproduzca a partir de su condición de hábitus (lo social hecho cosas) que estructura las formas de relación con las prácticas políticas.
El campo clientelar es un producto histórico, dijimos. Patrón y mediadores no aportan privadamente los recursos que sustentan los intercambios. Ellos provienen del ámbito estatal y, generalmente, patrón y mediadores también están allí insertos. Los primeros son gobernantes o legisladores; los segundos forman parte de la plantilla de ministerios, municipios o legislaturas, algunos son incluso funcionarios políticos y no meros empleados. Esa es otra característica propia del clientelismo: se ejerce a partir de la estructura burocrática o del aparato público estatal (Trotta). Del Estado provienen los recursos que aceitan los intercambios clientelares, y es también el ámbito de actuación de patrones y mediadores. Por eso afirmamos que el clientelismo moderno requiere de una apoyatura en el aparato estatal. Ya no existen relaciones basadas en el patronazgo donde vínculo y intercambio se concretaban privadamente. El clientelismo moderno tiene su base en el Estado, aún constituyéndose en una variante de privatización de lo público.
Para profundizar sobre el tema del clientelismo en Latinoamérica sugerimos la siguiente bibliografía:


