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UN ESCRITOR griego del siglo V adC. lo recordó como un monarca tolerante y ejemplar. El hombre de quien se dijeron esas palabras fue el monarca persa Ciro el Grande.
Ciro emprendió el camino a la fama hacia 560/559 adC, cuando sucedió a su padre Cambises I en el trono de Anshan (Anzán), una ciudad o distrito de la antigua Persia que por entonces era un protectorado del rey medo Astiages. Ciro se rebeló contra la autoridad meda y, debido a la deserción de las tropas de Astiages, venció a este sin dificultad. Tras ganarse la lealtad de los medos, tanto estos como los persas lucharon unidos bajo su mando. Así surgió el reino medopersa, que con el tiempo se extendería desde el mar Egeo hasta el río Indo.
Con el poderío combinado de los medos y los persas, Ciro se dirigió en primer lugar al conflictivo sector occidental de Media, donde Creso, rey de Lidia, había ampliado sus dominios invadiendo territorio medo. Tras rebasar el límite oriental del Imperio lidio, en Asia Menor, Ciro derrotó a Creso y tomó su capital, Sardis. Luego subyugó las ciudades jónicas y anexionó toda Asia Menor al Imperio medopersa. De esa forma, se convirtió en el rival más importante de Babilonia y su rey, Nabonido.
Por fin se preparó para una confrontación con la poderosa Babilonia.
Cuando Ciro llegó a Babilonia en 539 adC, se encontró ante una empresa colosal. Rodeada de enormes murallas y de un foso profundo y ancho inundado por las aguas del Éufrates, la ciudad parecía inexpugnable. A su paso por Babilonia, el río estaba flanqueado por dos muros altos como montañas y con enormes puertas de cobre. ¿Cómo podría Ciro tomar la ciudad?
Ciro desvió el caudal del río Éufrates varios kilómetros al norte de Babilonia. A continuación, sus tropas avanzaron por el lecho del río, subieron la cuesta que llegaba hasta el muro y entraron sin dificultad en la ciudad, pues las puertas de cobre se habían quedado abiertas. conquistó Babilonia en una sola noche.
Para los judíos cautivos en Babilonia, la victoria de Ciro supuso la liberación que por tanto tiempo habían esperado y el fin de los setenta años de desolación de su tierra natal. Segun la Biblia, Ciro hizo pública una proclama que les permitía regresar a Jerusalén y reconstruir el templo. Además, Ciro les restituyó los utensilios sagrados del templo que Nabucodonosor se había llevado a Babilonia, les otorgó permiso real para importar madera del Líbano y destinó fondos de la casa del rey para financiar las obras (Esdras 1:1-11; 6:3-5).
En líneas generales, Ciro trató de manera humanitaria y tolerante a los pueblos que conquistó, y es posible que su religión tuviera que ver con ello. Al parecer, seguía las enseñanzas del profeta persa Zoroastro y adoraba a Ahura Mazda, dios al que se atribuía la creación de todo lo bueno. En su libro The Zoroastrian Tradition, Farhang Mehr escribe: “Zoroastro presentó a Dios como la perfección moral. Enseñó que Ahura Mazda no es vengativo, sino justo, y que, por tanto, no hay que temerle, sino amarle”. Es posible que la creencia en un dios con sentido de la moral y la justicia moldeara los valores de Ciro y lo inclinara hacia la magnanimidad y la rectitud.
No obstante, el rey toleró mal el clima de Babilonia. Los tórridos veranos le resultaban insoportables, así que la ciudad apenas fue algo más que la capital de invierno, si bien conservó su condición de ciudad real del imperio y de foco religioso y cultural. De hecho, tras la conquista de Babilonia, Ciro no tardó en regresar a la capital de verano, Ecbátana, situada a más de 1.900 metros sobre el nivel del mar y al pie del monte Elvend, donde los fríos inviernos se alternaban con suaves veranos más de su agrado. Asimismo construyó un elegante palacio que le servía de retiro en la anterior capital, Pasargada (cerca de Persépolis), a 650 kilómetros al sudeste de Ecbátana.
Ciro pasó a la historia como un conquistador valiente y un monarca tolerante. Sus treinta años de reinado finalizaron en 530 adC., cuando murió en una campaña militar, y su hijo Cambises II le sucedió en el trono de Persia.


