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Cinematografía en Estados Unidos

En Estados Unidos el cine se presentó por primera vez en público el 23 de abril de 1896, en el Music Hall de Koster y Bial, en New York. La fecha fue significativa, llegó casi al final de la larga cadena entrelazada de inventos e industrialización, que cambió la cultura comercial de la nación en un lapso de medio siglo. Tan sólo en el ámbito de las comunicaciones, el telégrafo, el teléfono, el fonógrafo, la máquina de escribir, la linotipia, la prensa rotativa, y aun cosas tan comunes como la lámpara incandescente, el estilógrafo, el reparto gratuito del correo rural, y la película fotográfica de George Eastman, hecha a base de celuloide flexible (la cual fue vital para el desarrollo del cine), fueron fruto de ese período y tuvieron algo en común: le dieron un gran impulso a la difusión de la información y a la velocidad con la que se propaga. Asimismo, cada uno de ellos sirvió para grandes empresas corporativas, que con su manufactura y sus ventas los pusieron al alcance del público.

Los primeros empresarios del cine se sintieron en una situación similar. Les pareció que tenían en sus manos no sólo el inicio de un pequeño negocio, sino de algo más espectacular y romántico. Porque en esa época los héroes más grandes del país, los hombres a quienes más queríamos emular, eran los industriales y financieros creadores de las grandes cosechadoras que hicieron de Estados Unidos una potencia mundial y, de un modo incidental, transformaron la calidad misma de la vida dentro de nuestras fronteras. Parecía que esos hombres tenían un poder mágico, además de la fortuna que habían hecho por sí mismos; a causa de eso, los suenos de grandeza de todo el país giraban en torno de ellos.

Uno de los personajes más admirados y heróicos de aquel paisaje de ensueño, Thomas Alva Edison, quien creó la luz eléctrica y el fonógrafo, fue también un pionero del cine. Su intervención fue escasa en la creación de esa tecnología esencial, pues sus empleados hicieron todo el trabajo arduo y él tuvo que compartir el crédito con media docena de inventores que resolvieron en otros países, en forma más o menos simultánea, los problemas que por tanto tiempo habían malogrado el sueño de proyectar imágenes en movimiento. La compañía de Edison controló las patentes de las primeras cámaras y proyectores, y él mismo llegó a imaginar que sobre esa base podría amasar una nueva fortuna, vender licencias para el uso de su equipo, cobrar regalías por cada metro de película que se rodara, y demandar con gran rigor a quien osara violar sus patentes.

En su plan había graves errores en cuanto al mercado del cine: las películas no son ni lingotes de acero ni lámparas incandescentes. El éxito en ese rubro no proviene de la capacidad de duplicar en forma interminable un producto digno de confianza y exento de valores estéticos y morales. Por un tiempo, los cortos que Edison, sus amigos y rivales presentaban (sobre todo paisajes y escenas de eventos públicos) sirvieron para mostrar frente a un público curioso la eficacia de su nuevo milagro y pare obtener ganancias. Sin embargo si bien lograron cierta estabilidad ilusoria en el mercado, pasaron por alto el otro aspecto más significativo: el imperativo industrial que exige un crecimiento rápido, impresionante, continuo. De hecho la indiferencia del grupo de Edison por el contenido del cine no tardó en amenazar su preciada estabilidad, pues cuando la novedad de ver imágenes en movimiento se desvaneció, su público se empezó a reducir. Este no quería una dieta regular de realidad, sino todo lo contrario: escapar de ella. El gran sueño romántico de la industrialización se vio amenazado a causa de la incapacidad del cine para proveer un tipo más convencional de sueños románticos.

Con The Great Train Robbery (El gran robo del tren) en 1903, el cine empezó a responder a esa demanda al ofrecer historias cortas y sencillas. Las compañías independientes, fuera de la órbita del consorcio de Edison, en su empeño por adquirir cualquier ventaja competitiva posible, tuvieron una tendencia a la narración. Sin embargo, salvo por los westerns, en la mayoría de esos cortos de 10 minutos se reseñaba gente ordinaria, en situaciones de todos los días y en un tono informal y anecdótico, con un mínimo de gastos.

En 1908, cuando el fallido actor y dramaturgo de teatro D.W. Griffith se inició como director en el estudio Biograph de New York, se empezó a apreciar todo el gran potencial del cine. El amaba las grandes gestas románticas, expuestas en forma melodramática y escenificadas con espectacularidad, y aceptaba por completo sus convenciones: una trama con múltiples niveles, muchos personajes, un ambiente grandioso y exótico, y el bien y el mal absolutos en una confrontación directa y llena de suspenso. Ese era, desde luego, el romanticismo de carne y hueso que el cine requería. Y sólo él fue capaz de ver que el cine era más adecuado que el teatro para presentar ese tipo de material. Entonces el cine no tenía voz pero el close up o acercamiento, el elemento más importante del nuevo lenguaje técnico que Griffith perfeccionó en el curso de los seis años y 400 películas que hizo en Biograph, puso al alcance del público una intimidad sicológica con el intérprete, que el teatro nunca le pudo brindar. Como Griffith solía decir, él era capaz de "retratar el pensamiento". Lo que él inició tuvo consecuencias no intencionales para el cine, tan importantes como las que se propuso lograr en forma deliberada. Cuando salió de Biograph para realizar cine tan vigoroso y ejemplar como The Birth of a Nation (El nacimiento de una nación, l915) e Intolerance (Intolerancia, 1916), había forjado un eslabón imposible de romper entre sus técnicas favoritas y el contenido de tono romántico.

La ficción y el teatro de tipo popular seguirían siendo las mayores fuentes de material narrativo para el cine de nuestro país. En general, no hemos creado tantas obras específicamente para la pantalla como otras naciones, tal vez en parte porque la mayoría de nuestros cineastas inician su carrera en otras artes, si bien esto cambió en fecha reciente, cuando se empezó a sentir la influencia de los egresados de facultades de cine (George Lucas, Steven Spielberg, Martin Scorsese). En verdad es asombroso ver que la fórmula de Griffith, la ambientación realista, la sensación de intimidad naturalista que logran los actores por medio del close up, la trama improbable pero llena de acción que se desenvuelve hacia un final edificante y generalmente feliz, a través de secuencias de gran espectacularidad, ha seguido siendo una constante en nuestro modo de hacer cine, no importa cuál sea el género de la obra. En el cine de Estados Unidos el realismo es la base del romance: el romance es la cualidad que nos permite aceptar el gesto realista, en una mezcla de sentido y sin sentido, capaz de confundir a la sobriedad misma.

La obra de esos años formativos tuvo también otras consecuencias prácticas. Para 1919 casi todas las películas tenían más de un rollo de extensión. El único problema era de tipo financiero. No era posible vender esas películas al precio de unos cuantos dólares cada una, como se había hecho con las de un solo rollo. El viejo sueño del destino industrial del cine se hizo accesible al fin.

Llegar al centenario es el signo de un logro; los fracasos no duran. En 1992 la ciudad de Hollywood, California, sinónimo de la industria cinematográfica de Estados Unidos, celebró el centenario de su incorporación. Todo ha cambiado en el último siglo, salvo la naturaleza humana. Un actor popular sigue siendo la mayor atracción; la acción, la comedia, el romance se sostienen como los temas favoritos.

La empresa nació con modestia y se expandió a una velocidad vertiginosa. A menos de 20 años de las primeras funciones públicas, algunas estrellas como Charlie Chaplin, Mary Pickford y Douglas Fairbanks, ya eran celebridades internacionales y reunían a su paso a las multitudes. Desde entonces, el cine ha superado las barreras del comercio, sobrevivió a la competencia de la televisión y ha prevalecido sobre los censores y los moralistas.

El cine nació en las grandes ciudades de New York, Chicago y Philadelphia en el este de Estados Unidos. En su fase preindustrial, a principios del siglo, era fácil hacer películas de cinco o diez minutos en una buhardilla y en la calle, se editaban de la noche a la mañana y se exhibían en miles de teatros de trastienda. A medida que el público se tornó más exigente, los cineastas decidieron ir en busca del sol en invierno, para tener mejor luz y nuevos exteriores, y los productores empezaron a abrir estudios para todas las épocas del año en el sur de California, donde la tierra y la mano de obra eran baratas y abundantes.

El primer estudio de Hollywood, una ciudad agrícola cerca de Los Angeles, fue inaugurado en 1911, en un casino que los puritanos del lugar habían clausurado. En menos de cinco años una veintena de nuevas compañías ya había construido foros al aire libre en ese lugar, y aunque la mayoría no tardó en emigrar a otros lugares, Hollywood le dio su nombre a esa industria. Laboratorios y palacios del cine, diligencias de alquiler y los estudios de Paramount Pictures, se conservan como recuerdo de los breves días de gloria de la ciudad.

En la década de 1920, las caricaturas de Max y Dave Fleischer Out of the Inkwell (Salido del tintero) y la serie Alice de Walt Disney combinaban de ordinario actores reales con dibujos animados. La acción en vivo se rodaba primero, se hacían amplificaciones de los fotogramas, y estos se volvían a fotografiar, superpuestos con los acetatos donde estaban los dibujos. Casi 20 años después, Disney usó técnicas ópticas para mezclar a sus estrellas de las caricaturas con personajes reales, en películas realizadas en Technicolor, al tiempo que Tom (el gato) y Jerry (el ratón), de Hanna-Barbera, bailaban con Gene Kelly y nadaban con Esther Williams en las producciones musicales de la MGM.

Esos momentos de ensueño siguieron siendo la vanguardia hasta 1988, cuando se presentó Who Framed Roger Rabbit (Quién enganó a Roger Rabbit). Se rodaron cientos de escenas donde las estrellas de los dibujos animados alternan con las estrellas del cine. La cámara se movía con libertad y los personajes ficticios, dotados de sombras realistas y efectos atmosféricos se fusionaron a la perfección en la escena.

Con la llegada del sonido, a fines de los años 20, hubo una gran demanda de actores con buen dominio de la voz, dramaturgos y periodistas capaces de escribir diálogos, y una nueva variedad de directores formados en el teatro. Los europeos empezaron a arribar a principios de los años 20, y el ascenso de Hitler hizo que ese goteo se convirtiera en un diluvio.

Las grandes compañías ampliaron sus estudios y organizaron líneas de producción en las cuales cada empleado tenía un papel especializado. Esas "fábricas de sueños", como se les llamó, comisionaban a los autores de historias, desplegaban a sus estrellas, asignaban el equipo de producción de cada una de sus 50 películas anuales, exhibían éstas en sus propias cadenas de teatros y los distribuían por todo el mundo.

Durante tres décadas, el poder se concentró en las manos de una docena de jefes de estudio y grandes productores como Samuel Goldwyn y David O. Selznick. En toda la Depresión y en la Segunda Guerra Mundial, el asombrado publico llenó los grandes palacios del cine y las salas de barrio. Aquella fue una época en que "el cine de veras era importante": definía la moda, los usos y la forma de percibir al mundo. Sobre todo, el cine creó una cultura compartida. Elevó el estado de ánimo en tiempos difíciles e inciertos y exaltó la fuerza y la unidad de un pueblo. Los logros de esa era fueron tan duraderos, que el mito de Hollywood sobrevivió cuando esa realidad ya había cambiado.


Fuentes




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