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Chintila

Chintila

La imagen que se ve aquí de este rey se encuentra en el Retiro de Madrid, en el paseo de la Argentina, conocido popularmente como paseo de las estatuas. Forma parte de una serie de estatuas dedicadas a todos los monarcas de España, mandadas hacer para la decoración del Palacio real de Madrid en el reinado de Fernando VI. En un principio la idea era que adornasen la cornisa del palacio. Los autores son Olivieri y Felipe de Castro. Parece ser que nunca llegaron a su destino y se colocaron en distintos lugares de la ciudad (plaza de Oriente, El Retiro, puerta de Toledo) y algunas se llevaron a otras provincias.


Chintila (636-639). Reinó desde el 636 hasta su muerte en el 639. Cuando el rey anterior Sisenando murió, dejo en herencia una monarquía muy debilitada e inestable. Fue nombrado rey por la nobleza y los obispos en el año 636. Seguramente se convocó un Concilio de Obispos y nobles que fue el que hacia el mes de Abril eligió a Chintila como rey Era así como se hacía la ceremonia y la elección, siguiendo una costumbre establecida según el canon nº 75 del IV Concilio de Toledo. Con el reinado de Chintila no se arreglaron los asuntos del reino pues siguió siendo una etapa de inseguridad e inestabilidad. Tuvo continuos problemas, siempre sin solucionar y, según opinan algunos historiadores, tuvo grandes conflictos con las rebeliones surgidas en la Septimania y en Galicia. Viéndose Chintila incapaz de dotar al reino de la seguridad y defensa necesarias, acudió a los obispos y durante los tres años de gobierno se dejó dirigir por ellos, que fueron los verdaderos monarcas, legislando en beneficio propio.

Estando tan reciente el Concilio toledano, y los anatemas lanzados contra los opositores, no es probable que no se respetaran sus acuerdos. La nobleza más fuertemente contraria a Sisenando debía estar además bastante debilitada, después de los castigos impuestos en el IV Concilio de Toledo y de los posibles resultados del fracaso de una rebelión. La elección recayó en un magnate anciano (parece ser que contaba con ochenta y seis años), que probablemente tenía el apoyo del clero (no muy favorable a Sisenando) y que seguramente había apoyado al anterior rey más por oportunismo (como los Obispos electores) que por convicción. Su primera decisión fue convocar un Concilio en Toledo (V Concilio de Toledo) que se inició en la Iglesia de Santa Leocadia el 30 de junio del 636.

Todas las decisiones importantes del Concilio fueron de carácter político. En primer lugar se trató de la seguridad del rey, y después de la cuestión sucesoria.

El canon setenta y cinco del IV Concilio debía ser leído públicamente después de cada Con-cilio. Los descendientes del rey debían disfrutar de todos los bienes justamente adquiridos o que sus padres les hubiesen proporcionado. El anatema debía caer sobre todo aquel que en el futuro les molestase o injuriase. También los fideles del rey, que constituían una camarilla que le rodeaba y que eran considerados sus partidarios incondicionales, consejeros de confianza y auxiliares, debían quedar protegidos y conservar sus propiedades y los regalos que el rey anterior les hubiere otorgado.

Los que consultasen a adivinos para conocer la suerte del rey serían excomulgados. La misma pena caería sobre los que maldijesen al rey y los que se agruparan para colocar a otro en el trono. Todo el que aspirase al trono sin ser elegido por quien correspondía (y sin ser de noble cuna) sería excomulgado y recibiría el anatema.

En las actas se dice claramente que “algunos hombres a quienes el origen no orna y el valor no adorna” habían aspirado al trono. No sabemos si la aspiración la realizaron mediante una rebelión (en tal caso ¿cuando?) o mediante su candidatura en el Concilio que eligió a Chintila. Probablemente la nobleza que había apoyado a Sisenando había contado con la mayoría gracias al apoyo de los francos y a la rápida abdicación de Suintila. Pero al celebrarse la elección de su sucesor la elección había recaído no en uno de los primeros seguidores de Sisenando, sino probablemente en un noble que había entrado en su partido a última hora y forzado por las circunstancias, que además se rodeó de sus propios partidarios e ignoró al resto de la nobleza que podía haberle apoyado. Si tal fue el caso, los nobles más destacados del partido de Sisenando quedarían controlados en Toledo (donde debían estar para la elección) y sus partidarios que estaban mayoritariamente en la Narbonense, quedarían sin un jefe notable. Exaltados se rebelarían llevando al trono a uno de ellos, tal vez un Thiufadi o alguien de rango inferior. Probablemente la rebelión no entrañaba un peligro muy grave para el nuevo rey, pero consideró prudente adoptar algunas medidas (protectoras para él, su familia y sus fieles) y en especial atacar al líder rebelde por su punto débil, su falta de nobleza. De hecho Chintila no emitió moneda en la Narbonense, lo que sugiere que allí podían tener lugar acontecimientos de los cuales no conocemos su desarrollo. En el Concilio parece que tampoco estuvo presente ningún obispo de la provincia que suponemos rebelada (la asistencia en todo caso no fue muy importante pues solo asistieron 22 obispos y dos representados; esta en discusión la asistencia del metropolitano de Narbona que parece que no asistió, y solo el Obispo de Barcino representó a la Tarraconense oriental). Ningún elemento permite asegurar que la indicación de los obispos sobre aspirantes al trono de baja cuna se refiriera a hispano-romanos, aunque el líder o líderes de la rebelión del 632 pudieron ser hispano-romanos. Seguramente la rebelión, si existió, fue sofocada el mismo año o el año siguiente (637) y tras ello se convocó un nuevo Concilio.

El VI Concilio de Toledo se inauguró el 9 de enero del 638 y en él estuvieron presentes cincuenta y tres obispos (más del doble que en el anterior) y entre ellos había tres procedentes de la Narbonense (los de Elna y Lodeve y el metropolitano de Narbona Esclua). El Concilio fue considerado una reunión de los Obispos de Hispania y La Galia a diferencia del anterior que se calificó como una reunión de obispos de “las diversas provincias de Hispania”.

La asamblea dictó algunas normas eclesiásticas pero sobre todo reafirmó las decisiones del V Concilio sobre seguridad del rey, de su familia y de sus fideles, y castigos para los usurpadores y rebeldes, ratificación quizás necesaria por la falta de asistencia de gran parte del clero al Concilio anterior. Los hijos del rey conservarían sus bienes a la muerte del padre y nadie podría injuriarlos. Los fideles conservarían sus cargos y propiedades salvo si hubieran sido desleales. Se prohibía especialmente a los clérigos y laicos formar un partido para coronar a un nuevo rey, y aquellos que participaran en un complot y lo denunciaran ante el rey serían perdonados. Se condenaban las usurpaciones del trono cuando muriera el rey (el nuevo rey debería ser elegido regularmente) y no tenía derecho a reinar quien hubiera sido decalvado o tonsurado, quien fuera de origen servil o quien perteneciera a una raza extranjera (no goda, pues solo a los godos correspondía el derecho de sucesión a trono). El Concilio tocó el tema de los acusados (culpables) de ciertos delitos (que al parecer eran un número importante) que se habían refugiado en tierra extranjera (de hecho se indica en tierra enemiga) y colaborando con ellos habían causado daños al reino, los cuales, en caso de ser apresados, serían excomulgados. Esta referencia es conveniente analizarla. Los nobles de la Narbonense eran probablemente antiguos leales de Sisenando, defraudados por su sucesor. Su alianza natural hubiera sido con el rey merovingio Dagoberto (que gobernaba Neustria y Borgoña) y este rey no murió hasta el 638; le sucedió su joven hijo Clodoveo II bajo tutela de la reina viuda Nantequilda, aumentando el poder del mayordomo de palacio, Ega, y aunque no sabemos la política de la nueva dirección del reino en relación a los rebeldes, la rebelión ya tenía que haber terminado. Dagoberto reinaba en todo su poder el 636 y 637 y podría haber apoyado a los rebeldes pero con menos éxito que unos pocos años atrás (téngase en cuenta que el reino franco estaba embarcado en una penosa lucha en la parte oriental del reino, y a ciertos conflictos internos, entre los cuales estaba el tema de la constante rebelión vascona en Aquitania). Por tanto hemos de suponer que Dagoberto tomó partido por los rebeldes, les presto apoyó militar (poco importante pues no tuvo éxito) y acogió a los refugiados. Los francos serían en tal caso “el enemigo” en enero del 638, cuando Dagoberto aun no había muerto (Dagoberto murió diez días después de iniciado el Concilio, pero la noticia no llegaría a Toledo hasta varios días después), y en todo caso sus sucesores no cambiarían su política respecto al reino visigodo. Además ello sería coincidente con las posteriores informciones sobre los refugae (que podríamos traducir por “huidos” o “refugiados políticos”) en Francia. Pero Fredegario, cronista del reinado de Dagoberto, no menciona los hechos; si los francos colaboraron con los rebeldes (y de los textos del concilio se deduce que los rebeldes y “los enemigos” produjeron daños en territorio visigodo actuando conjuntamente) es muy sorpren-dente que no aparezca en la Crónica de Fredegario y por tanto hemos de especular y buscar otros posibles “enemigos”. Éstos solo podrían ser los vascones. Los rebeldes godos, sin ningún personaje notable entre sus cabecillas, ausente el alto clero y la nobleza visigoda (que estaban en Toledo), no lograrían interesar en su revuelta a los francos (si es que realmente llegaron a intentarlo) pero pudieron concertar una alianza estratégica con los vascones. Tal vez obligados a huir a Francia el 636 (pues Francia era el único territorio no visigodo colindante con Septimania), una parte regresaron al siguiente año por territorio vascón, y aliados a los pobladores de éste, asolaron alguna parte de la Tarraconense. Pero en todo caso quedarían en Francia algunos de los huidos el 636 o bien volvieron a Francia los sobrevivientes de la aventura fracasada del 637, pues es improbable que permanecieran con los vascones.

Supongamos pues que las tropas leales a Chintila obligaran a huir a los rebeldes godos de Septimania; no tenían otra alternativa que pasar a Francia, donde no serían mal acogidos pues Dagoberto había sido aliado de la facción que representaban. Algunos se establecieron en te-rritorio merovingio, pero los huidos debían ser numerosos (varios centenares, tal vez algunos millares) y entre ellos había mucha gente impetuosa y de acción. La posibilidad de contraata-car y recobrar la Septimania era remota, pues carecían de la fuerza necesaria para tomar ciu-dades. Su única posibilidad sería atacar la Tarraconense por su parte central (actual Aragón) y desde allí avanzar hacia Toledo (como Sisenando en su día); pero para tomar Zaragoza o las ciudades de la zona precisaban la colaboración militar de aliados. Si no lograron la colaboración de Dagoberto (y ya sabemos lo caro que cobró el rey merovingio su apoyo a Sisenando), debían recurrir a otros aliados, y en la zona estaban los vascones. Podía ser relativamente fácil a los rebeldes contactar con jefes vascones y actuar coordinadamente. Los vascones exigían poco; veían facilitado su camino y su premio era que aumentaba el producto de sus saqueos; los godos en cambio obtenían aliados para establecer una cabeza de puente desde la que conquistar el reino. Pero los vascones eran indisciplinados, desorganizados y combatientes muy especiales. No cabría esperar de ellos que mantuvieran un sitio o que pasaran varios días atacando una ciudad: en los casos en que atacaban una ciudad (que no debía ser frecuente) si no podían tomarla inmediatamente se dispersaban por las zonas de los alrededores y saqueaban las aldeas y haciendas. Si los rebeldes se valieron de los vascones y pensaron que jugarían el mismo papel que los francos el 631, se equivocaron. En el caso de que los rebeldes y vascones llegaran ante Zaragoza la ciudad ofrecería resistencia y si se inició el sitio, los godos pronto quedaron solos, desperdigándose los vascones a la búsqueda de botín. Los godos hubieron de retirarse al quedar sin apoyos o a la llegada de algún ejército (los vascones raramente presentaban batalla y cuando llegaba un ejército se retiraban inmediatamente a sus campamentos de las montañas, donde difícilmente podían ser perseguidos).

El Concilio intentó consolidar la posición del rey: se lanzó anatema sobre aquellos que ata-casen al rey, lo destronasen, usurpasen su posición o reuniesen un grupo de conspiradores pa-ra perjudicarle. El sucesor de un rey que hubiera sido asesinado quedaría deshonrado si no castigaba al culpable o culpables del regicidio, como si vengase el asesinato de su propio pa-dre (referencia implícita a los lazos de sangre a los que ya se ha hecho mención en el capítulo precedente). La deshonra se extendía además a “todo el pueblo godo”.

En una época que no puede precisarse se produjo una rebelión en la provincia de Galicia. No conocemos ni sus causas, ni sus líderes, ni el desarrollo de los combates, si es que los hu-bo; únicamente sabemos que fue sofocada y que tiempo después Fructuoso, que hacia el 656 fue Obispo metropolitano de Braga, en una carta dirigida al rey Recesvinto (del año 652) se interesó por la suerte de los rebeldes, y pedía su indulto. Curiosamente Fructuoso, que intercedía en favor de unos supuestos rebeldes, pertenecía a la misma familia que el rey Sisenando. por lo que parece probable que fueran elementos de su partido, y en tal caso la rebelión de Galicia, pudo desarrollarse en la misma época que la de la Tarraconense, siendo una apéndice de la otra.

El VI Concilio supuso también la adopción de medidas contra los judíos, que al parecer se promulgaron para contentar al Papa que así lo exigía en una carta. No es probable que después de la atención dedicada a los judíos en el IV Concilio y de no mencionar el tema en el V Concilio, hubiera sido necesario volver sobre el tema. Pero mientras se desarrollaban las se-siones llegó a Toledo un diácono llamado Turninus, con una carta del Papa Honorio I, escrita en el año 637 y que se ha perdido. En ella parece ser que el pontífice urgía a los Obispos his-panos a mostrarse más enérgicos en la fe y demostrar más dureza para con los infieles (judíos). Seguramente el Papa conocía la legislación de Sisebuto y aprobaba medidas de conver-sión por la fuerza; enterado de que los sucesivos reyes no habían proseguido la misma política decidió ejercer presión en favor de ella. Los Obispos encargaron la respuesta a Braulio de Za-ragoza; en ella el prelado cesaraugustano reconocía la supremacía del Papa y su derecho a in-teresarse por la actividad de todas las Iglesias, pero alegaba que las propuestas del Pontífice (que no conocemos en detalle) ya habían sido planeadas por Chintila, y que la coincidencia de pareceres debía ser obra de la divinidad; continuaba afirmando que los Obispos hispanos no habían descuidado sus deberes pero que la lentitud en las conversiones no era debida a descuido o miedo, sino que la causa era que a los judíos debía convencérseles mediante una constante predicación, y por tanto no eran justas las criticas del Papa (al que de pasada señalaba en error en una cita bíblica); para demostrar los hechos expuestos, Braulio remitía al Papa copias de las actas del Concilio, y de los diez cánones dedicados a los judíos (del 57 al 66) en el IV Concilio toledano; Braulio aconsejaba al Papa no dejarse engañar por falsos rumores, y explicaba que los Obispos hispanos no se habían dejado engañar por el rumor de que el Papa autorizaba a los judíos conversos a volver a su religión (superstición la llama Braulio), y exponía que ningún hombre, por grande que fuera su delito, debía ser castigado con penas tan severas como las que proponía el Papa (y conociendo las leyes existentes en Hispania las propuestas del Papa debían ser monstruosas hasta un extremo tal que los Obispos en general y Braulio en especial se atrevían a desafiar al Pontífice y a poner en evidencia su falta de conciencia y conocimientos cristianos), pues tales castigos no tenían apoyatura legal y moral, ni en los cánones ni en el Nuevo Testamento. Consecuencia de la carta del Papa debió ser el canon del VI Concilio sobre los judíos según el cual Chintila, de acuerdo con los Obispos, ex-presaba su deseo de acabar con la “superstición” judía y de impedir a todos los no católicos vivir en el Reino; todos los reyes deberían jurar en el futuro (antes de ser proclamados) que no permitirían a los judíos violentar la fe católica y que no cederían ante el soborno o la indiferencia; el que no lo cumpliere sería anatematizado y pasto del fuego eterno. Todas las decisiones del IV Concilio sobre los judíos eran confirmadas. Parece ser que Chintila, que ya debía tener sentimientos anti judíos, se sintió muy impresionado por la carta del Papa y llevó su política en este aspecto más lejos de lo que los Obispos habían pensado (aunque no tan lejos como debió exigir el Papa).

El mismo año se produjeron conversiones forzosas en la capital del Reino, en la Iglesia de Santa Leocadia (1 de diciembre del 638) a pesar de la renuncia a ello del IV Concilio de Toledo. En el documento de abjuración, los conversos forzosos renunciaban a sus antiguas creen-cias y se comprometían a abandonar el rito y las fiestas judías, la fiesta del Sábado, la práctica de la circuncisión y las reglas de alimentación; se sometían a las autoridades todas las escrituras y ellos mismos lapidarían a cualquiera de ellos que se desviara de la fe católica.

De los diecinueve cánones del concilio, cuatro estuvieron dedicados a cuestiones políticas, mientras los otros quince se dedicaron a los judíos, monjes, penitentes, libertos, ordenes sa-gradas, beneficios y bienes de la Iglesia. El Concilio restableció a Marciano como Obispo de Écija, de cuya sede fue depuesto su rival Habencio, que le había depuesto antes mediante in-trigas (una primera apelación ya había sido tratada en el IV Concilio).

Se sabe que Chintila hizo ordenar algunos sacerdotes, y entre ellos uno que fue ordenado por el metropolitano toledano Eugenio I (636-646) que fue considerado indigno. El metropolitano no se atrevió a desobedecer al rey por lo cual fingió la ordenación. Más tarde Eugenio II, que el 646 sucedió como metropolitano a Eugenio I, planteó el caso al Obispo cesaraugustano Braulio, preguntando si la ordenación era canónicamente correcta y los sacramentos adminis-trados por el sacerdote eran validos (Braulio dio una respuesta afirmativa a las dos cuestio-nes).

Chintila murió en diciembre del 640 (otra fecha indicada es la de Enero o Febrero, pues se señala que reino tres años nueve meses y nueve días), de muerte natural.

Antes de su muerte debió conseguir que los magnates y obispos reconocieran como sucesor a su hijo Tulga, esperando sin duda que, pese a su juventud, sería preservado de la suerte de otros reyes jóvenes por los anatemas lanzados por los últimos Concilios.


Precedido por:
Sisenando
Reyes godos Sucedido por:
Tulga




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