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El Califato de Córdoba, también conocido como Califato Omeya de Córdoba o Califato de Occidente, fue proclamado por Abderramán III en el 929, poniendo así fin al Emirato Independiente instaurado por Abderramán I en el 756.
Abderramán III consideró adecuada su autoproclamación como califa, es decir, como jefe político y religioso de los musulmanes y sucesor de Mahoma, basándose en cuatro hechos: ser descendiente del Profeta (rama omeya), haber liquidado las revueltas internas, frenar las ambiciones de los núcleos cristianos del norte peninsular y la creación del califato fatimí en Egipto opuesto a los califas abbasíes de Bagdad. Para realzar su diginidad y a imitación de otros califas anteriores edificó su propia ciudad palatina: Medina Azahara.
La proclamación tenía un doble propósito. Por un lado, en el interior, los omeyas querían reforzar su posición. Por otro, en el exterior, al objeto de consolidar las rutas marítimas para el comercio en el Mediterráneo, garantizando la relaciones económicas con Bizancio y asegurar el suministro de oro.
Tras la toma de Melilla en 927, a mediados del siglo X los omeyas controlaban el triángulo formado por Argelia, Siyimasa y el océano Atlántico. El poder del califato se extendía también hacia el norte, y hacia 950 el Sacro Imperio Romano-Germánico intercambiaba embajadores con Córdoba. Algunos años antes, Hugo de Arles solicitaba salvoconductos para que sus barcos mercantes pudieran navegar por el Mediterráneo, dando idea, por tanto del poder marítimo que ostentaban. En el norte de la Península Ibérica los pequeños reinos cristianos se convirtieron en posesiones feudales del Califato, a quien reconocían superiridad y arbitraje, sufriendo gravosas imposiciones a cambio de la paz.
La economía del Califato se basó en una considerable capacidad económica -fundamentada en un comercio muy importante-, una industria artesana muy desarrollada y una técnicas agrícolas mucho más desarrolladas que en cualquier otra parte de Europa. Basaba su economía en la moneda, cuya acuñación tuvo un papel fundamental en su esplendor financiero. La moneda de oro cordobesa se convirtió en la más importante de la época, siendo probablemente imitada por el Imperio carolingio. Así, el Califato fue la primera economía comercial y urbana de Europa tras la desaparición del Imperio Romano. Córdoba, capital y ciudad más importante del Califato, alcanzó los 100.000 habitantes, siendo probablemente la concentración humana más importante de Europa en esa época.
Los aspectos de desarrollo cultural no son menos relevantes, sobre todo tras la llegada al poder del califa Alhakén II a quien se atribuye la fundación de una biblioteca que habría alcanzado los 400.000 volúmenes. Quizás ello provocó la asunción de postulados de la filosofía clásica -tanto griega como latina- por parte de intelectuales de la época como fueron Ibn Masarra, Abentofain, Averroes y el judío Maimónides, aunque los pensadores destacaron, sobre todo, en medicina, matemáticas y astronomía.
Es la etapa política de la presencia islámica en la península Ibérica de mayor esplendor, aunque de corta duración pues en la práctica terminó en el 1010 con la fitna o guerra civil que se desencadenó por el trono entre los partidarios del último califa legítimo Hixán II, y los sucesores de su primer ministro o hayib Almanzor. En el trasfondo se hallaban también problemas como la agobiante presión fiscal necesaria para financiar el coste de los esfuerzos bélicos.
Oficialmente, no obstante, el califato siguió existiendo hasta el año 1031, en que fue abolido dando lugar a la fragmentación del estado omeya en multitud de reinos conocidos como Taifas.


