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La palabra bruja se puede emplear en ambos géneros, aunque el cambio de género conlleva connotaciones distintas
y es mayormente expresado en femenino. Etimológicamente, bruja parece
derivar del íbero “bruixa” y más claramente del gallego ‘bruxa’. El término abarca distintos conceptos aunque según la tradición occidental bruja es una mujer que
practica la brujería o, dicho de otro modo, que posee poderes sobrenaturales que la hacen capaz de realizar hechizos y
encantamientos (sobre otros o sobre sí misma) de carácter generalmente maligno. Se suele considerar un sinónimo de hechicera, siendo bruja una acepción en muchos
casos peyorativa de éste.
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El origen de las brujas es con toda seguridad pagano. Dichas mujeres existían tanto en la cultura griega (unidas al consumo de
drogas) como en la cultura germánica (unidas a ritos ocultistas) y hebrea (unidas a poderes sobrenaturales). Los hebreos
tomaron a su vez la idea de Mesopotamia. Desde un punto de vista histórico,
parece ser que las brujas fueron las sucesoras de la religión y del curanderismo propio de los pueblos prerromanos en Europa y
fueron posteriormente demonizadas con la implantación del cristianismo, en
este sentido, la palabra inglesa “witch” deriva de wicca (pronunciado wicha) término que es hoy día reivindicado por las
corrientes neopaganas en un intento de devolverle su significado original
de sacerdotisa y fuente del
conocimiento. Documentos históricos demuestran la existencia de mujeres muy preparadas en artes médicas, prácticas de abortos y
dominio de venenos.
La figura de la bruja no es, en cambio, un invento cristiano, sino que hunde sus raíces en la mitología
prerromana, así ya encontramos en la Antigüedad Clásica la figura de las strix o strigae, de donde proviene la palabra italiana strega (bruja), que eran mujeres
capaces de transformarse en mochuelos o búhos, de ellas se decía que salían por la noche a raptar niños para posteriormente
devorarlos. Así Apuleyo reconocía la capacidad de las brujas de Tesalia de
transformarse en aves, moscas y perros y asimismo, Ovidio introdujo el término dipsa, mujer capaz de transformarse en serpiente. Una
famosa hechicera greco-latina es Circe, capaz de convertir a los hombres en cerdos.
La capacidad de volar o de convertirse en animales se ha vinculado históricamente a las brujas, así curiosamente, encontramos en idioma mapuche (Chile) las Chon-chon, o brujas capaces de transformarse en pájaro.
Durante la Edad Media se vincula la figura de la bruja a su participación en fiestas de carácter orgiástico denominadas aquelarres (que en vasco significa “campo del chivo”). Se creía que en estos aquelarres
(o sabbat) las brujas mantenían relaciones
carnales con Satanás que adoptaba la figura de un macho cabrío.
Estas reuniones parecen ser residuos de fiestas paganas como las de Beltane y otras fiestas del calendario agrícola celta relacionadas con la fertilidad, así como de las bacanales (fiestas en honor de Baco), que recuerdan las celebraciones griegas relacionadas con su correspondiente Dionisos, o con otros dioses carnales como Diana, Eros u Orfeo. Estas fiestas fueron prohibidas con la oficialización del cristianismo. De este modo, el dios-ciervo del culto celta se convierte probablemente en el macho cabrío (que termina por identificarse con Satanás) o quizá sea éste un residuo de los sátiros grecorromanos o simplemente la consecuencia de la fusión de ambas figuras.
Las brujas llegaban a estos campos volando, ya sea mediante escobas o trasformándose en búhos, probablemente una alucinación producida por el beleño, la belladona u otras hierbas alucinógenas que eran untadas por todo el cuerpo provocando sensación de ingravidez.
En la Edad Media comienza la persecución de todos los ritos paganos, todo lo
que no es cristiano es perseguido por su presunta vinculación con el maligno. Sin embargo, es con la Contrarreforma y con los distintos
cismas protestantes cuando la persecución de la brujería se incrementa notablemente. Fue con la bula papal Summis
desiderantis affectibus, del Papa Inocencio VIII el 5 de diciembre del año de 1484, con la
que se legitimó la caza de brujas, tortura y ejecución, generalmente ardiendo en la hoguera, creándose así La Inquisición.
Es en este periodo cuando se escribe el Malleus Maleficarum (Martillo de Brujas), escrito en 1486 por los inquisidores Henry Intitoris y Jacques Sprenger, dominicos, profesores universitarios de teología en Colonia, un compendio de descripciones de tipos de brujería, cómo reconocer una bruja y los distintos métodos de tortura a aplicar.
También en 1538 Pedro Ciruelo escribe su “Reprovación de las supersticiones y hechizerías”.
La figura histórica más famosa que fue condenada a arder en la hoguera bajo la acusación de bruja fue Juana de Arco.
En España, la Inquisición dejó de perseguirlas a raíz del proceso de las Brujas de Zagarrumurdi (segunda mitad del siglo XVII), en el que los inquisidores se encontraron ante la posibilidad de tener que quemar a varios miles de mujeres si resultaban condenadas. Resolvieron la cuestión declarando que no tenían pacto con el diablo y desde entonces no se quemó a ninguna otra.
La bruja tiene un papel esencial en los cuentos infantiles, como en los recopilados por los Hermanos Grimm, es el personaje malvado arquetípico. Las brujas de cuento más famosas son:
Tradicionalmente se asocia la imagen de la bruja a una mujer anciana, fea y especialmente desagradable, sin embargo se creía que entre sus poderes estaba el de poder modificar su aspecto a voluntad mostrándose como una joven hermosa y deseable. La bruja utilizaría esta apariencia para seducir a los hombres y llevarlos a la perdición.


