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Braulio de Zaragoza

Obispo de Zaragoza desde el 631 al 651, en cuya sede sucedió a su hermano Juan, que la había gobernado desde el [619] al 631 aproximadamente). El 625 informaba en una carta que se producían desordenes en los alrededores de la ciudad, y había guerra, peste y hambre, probablemente causadas por ataques vascones.

El año 632 murió el Obispo metropolitano de Tarraco, Eusebio, y el Obispo Braulio de Zaragoza escribió al anciano Obispo Isidoro de Sevilla para que intercediera con el rey Sisenando, y nombrara metropolitano (el nombramiento de Obispos metropolitanos correspondía por costumbre al rey) a alguien ejemplar. Isidoro contestó a su amigo Braulio, pero le indicaba que el rey aun no había tomado una decisión al respecto. No mucho después el rey nombró a Audax, del cual no sabemos si respondía a las expectativas de Braulio.

Mientras se desarrollaban las sesiones del VI Condilio de Toledo, llegó a la ciudad un diácono llamado Turninus, con una carta del Papa Honorio I, escrita en el año 637 y que se ha perdido. En ella parece ser que el pontífice urgía a los Obispos hispanos a mostrarse más enérgicos en la fe y demostrar más dureza para con los infieles (judíos). Seguramente el Papa conocía la legislación de Sisebuto y aprobaba medidas de conversión por la fuerza; enterado de que los sucesivos reyes no habían proseguido la misma política decidió ejercer presión en favor de ella. Los Obispos encargaron la respuesta a Braulio de Zaragoza; en ella el prelado cesaraugustano reconocía la supremacía del Papa y su derecho a interesarse por la actividad de todas las Iglesias, pero alegaba que las propuestas del Pontífice (que no conocemos en detalle) ya habían sido planeadas por Chintila, y que la coincidencia de pareceres debía ser obra de la divinidad; continuaba afirmando que los Obispos hispanos no habían descuidado sus deberes pero que la lentitud en las conversiones no era debida a descuido o miedo, sino que la causa era que a los judíos debía convencérseles mediante una constante predicación, y por tanto no eran justas las criticas del Papa (al que de pasada señalaba en error en una cita bíblica); para demostrar los hechos expuestos, Braulio remitía al Papa copias de las actas del Concilio, y de los diez cánones dedicados a los judíos (del 57 al 66) en el IV Concilio toledano; Braulio aconsejaba al Papa no dejarse engañar por falsos rumores, y explicaba que los Obispos hispanos no se habían dejado engañar por el rumor de que el Papa autorizaba a los judíos conversos a volver a su religión (superstición la llama Braulio), y exponía que ningún hombre, por grande que fuera su delito, debía ser castigado con penas tan severas como las que proponía el Papa (y conociendo las leyes existentes en Hispania las propuestas del Papa debían ser monstruosas hasta un extremo tal que los Obispos en general y Braulio en especial se atrevían a desafiar al Pontífice y a poner en evidencia su falta de conciencia y conocimientos cristianos), pues tales castigos no tenían apoyatura legal y moral, ni en los cánones ni en el Nuevo Testamento.

El problema de la sucesión real fue abordado el 648. En una carta suscrita por el Obispo de Zaragoza y el Obispo Eutropio (cuya sede se desconoce), que alegaban actuar en nombre de todo el clero y fieles de sus diócesis, y firmada también por un tal Celso que se presume que era el conde de la ciudad o el dux de la Tarraconense, los remitentes solicitaban al rey que asociase al trono a su hijo Recesvinto para descargar al padre de las cuestiones de la guerra (evocaban los peligros y ataques enemigos a los que el país había estado expuesto, y procediendo la carta de la Tarraconense se referiría sin duda a los vascones y a los exilados) y permitir el descanso del rey hasta que los ataques de los enemigos (vascones o exilados) hubiesen cesado. La idea de la asociación al trono y la sucesión hereditaria era contraria al canon setenta y cinco del VI Concilio toledano (que Braulio había firmado), por lo que hemos de suponer que la carta fue inspirada por el propio rey, quien se valdría de la gran autoridad moral de Braulio (Braulio, que unos años antes había osado enfrentarse al Papa y desobedecido ciertas normas conciliares, no se había atrevido en cambio a oponerse a una decisión real como el nombramiento de Eugenio para la sede toledana) y seguramente de Eutropio, y del poder militar de Celso, que al gobernar una ciudad fronteriza o una provincia sede de los principales ata-ques enemigos (vascones y exilados) debía controlar un ejército más numeroso de lo habitual y debía contar con el apoyo de los condes de la zona.

Murio en Zaragoza el año 651. Le sucedió como Obispo de la ciudad Tajón o Taio (tal vez en el mes de Marzo del 651) persona que al parecer no era muy del agrado de su antecesor, y que probablemente acababa de regresar de Roma donde había encontrado las obras teológicas de San Gregorio Magno (según encargo del rey Chindasvinto) y había copiado el códice donde se contenían para difundirlo en Hispania (por tanto el encargo habría sido hecho con anterioridad a su designación como Obispo, y el obispado pudo ser el premio).



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