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Aníbal Barca (247 adC - 183 adC), general cartaginés.
En 238 adC Amílcar, su padre, fue enviado por el senado cartaginés a Iberia, a la que se hizo acompañar de Aníbal, al que había hecho jurar odio eterno a los romanos por la humillante derrota que sufriera en Sicilia, y Asdrúbal quien pronto se convertiría en su yerno al contraer matrimonio con su hija Hilmice.
A la muerte de Amílcar en 228 adC, Asdrúbal quedó al mando del ejército cartaginés en Iberia y, asesinado éste en 221 adC, el ejército eligió a Aníbal como general. Sin embargo, como sucedidera con Asdrúbal, en Cartago el nombramiento fue mal recibido entre los aristócratas, defensores del nombramiento de Hannón, que consideraban que era peligroso convertir el mando del ejército en un cargo hereditario y más cuando lo ostentaban miembros de una familia demócrata que deseaba ardientemente la guerra con Roma como era el caso de los Barcas. A pesar de ello, el Senado confirmó el nombramiento hecho por la tropa.
Vistas las dificultades, finalmente superadas, de su nombramiento, Aníbal decidió lanzarse a realizar conquistas que demostraran su pericia en el mando y saciaran la sed de oro de los avariciosos aristócratas que tanto habían desconfiando de la oportunidad de su mando. Recorrió así el interior de la península ibérica hasta que, transcurridos dos años y un vez alcanzado renombre militar, ganada la confianza de sus soldados y obtenidos tesoros inmensos para Cartago, decidió que había llegado la hora de provocar a los romanos.
La oportunidad se presentó a las puertas de Sagunto, a la sazón aliada de Roma, la misma ciudad que casi veinte años antes su padre había respetado al considerar que Cartago no se encontraba aún preparada para la guerra. Enfrascada en un pleito sobre los límites territoriales con Túrbula (la actual Teruel) y conociendo los turboletas el odio del general hacia los romanos, sometieron a Aníbal la decisión, fallando éste en contra de los intereses de Sagunto. La lógica protesta de los saguntinos fue considerada una ofensa por el senado cartaginés que dio entonces autorización a Aníbal para asediar la ciudad, aunque también es cierto, el senado no podía poponerse a los deseos de Aníbal a tenor de la popularidad que por la conquista de Iberia tenía entonces el general. En el año 219 adC, tras un sitio que se prolongó durante ocho meses, Sagunto quedó arruinada.
Decidido ya a romper las hostilidades, Aníbal se dirige a Cádiz para cumplir los votos hechos a Hércules y realizar nuevos sacrificios que atraigan la protección del dios. Confiando la defensa de Iberia en manos de su hermano Asdrúbal regresa a Qart-Hadast(1), (nombre púnico que significa la ciudad nueva: la actual Cartagena fundada por Asdrúbal), ciudad de la que parte, en la primavera de 128 adC con 100.000 infantes, 12.000 caballos y 50 elefantes a la conquista de Roma. Su ejército está formado por africanos y mercenarios íberos que se han ido uniendo al ejército cartaginés a medida que primero su padre, luego Asdrúbal y finalmente el propio Aníbal conquistaban el territorio.
Dirigiéndose hacia el norte, llega a vadear el Ebro, frontera con el territorio romano, sin hallar resistencia entre los pueblos que encuentra a su paso. En este punto confía a Hannón 11.000 hombres para mantener las comunicaciones entre el Ebro y los Pirineos, lugar hasta el que continua, atravesándolo y avanzando luego hasta el Ródano. A pesar de sostener algunos combates con los galos que encuentra a su paso, consigue celebrar pactos con algunos de ellos, ofreciéndoles las riquezas que encontrarán más allá de las montañas.
A finales de octubre Aníbal llega al nacimiento del río Isère, al pie de los Alpes, emprendiendo sin demora la ascensión a las altas y nevadas cumbres. Desde una de ellas (el monte Ginebra, el Col d’Argentière o acaso el monte Cenis) el general muestra a los suyos el Po y las campiñas romanas; ninguno hasta entonces había cruzado por tales lugares con un ejército y veinte siglos después Napoleón se alabará por repetir la hazaña.
A pesar del oposición de los nativos (galos cisalpinos) y de la dureza del descenso, logra cruzar los Alpes pisando por fin suelo romano, dando al traste por completo con los intentos de los romanos de mantener su territorio al margen de la guerra. Pero las bajas han sido terribles; ya no le quedan más que 20.000 infantes y 6.000 caballos para hacer frente a un pueblo que podía oponerle un ejército de 800.000 soldados.
Tras un pequeño descanso para reparar su exhausto ejército, se enfrenta a los taurinos (de Taurini, la actual Turín) derrotándoles y prosigue su avance a lo largo del río Po obligando a los romanos a evacuar la Lombardía por la superioridad de su caballería. La mayor parte de los galos cisalpinos, que conservaban el resquemor de la reciente derrota sufrida a manos de los romanos, se incorporan al ejército de Aníbal, sobre todo tras su victoria en la batalla del Trebia, río afluente del Pó, en deciembre de (219 adC) en las cercanías de Placencia, primera batalla formal entre Aníbal y los romanos de la Segunda Guerra Púnica.
Tras la victoria y asegurada su posición, Aníbal decide acuartelar sus tropas para invernar, pero sospechando una traición de los galos decide atravesar los Apeninos buscando al sur una base de operaciones más segura. Marcha en primavera de 217 adC sobre Arezzo, tan pronto como se lo permite la estación y siguiendo el camino pantanoso de los ríos Arno y Clani que se encontraba en aquella época del año casi intransitable. A causa del frío pierde un ojo y se ve obligado durante un tiempo a marchar en camilla.
Atravesados los Apeninos y después de derrotar al cónsul Flaminio que perece en la batalla, avanza hacia Roma, donde Quinto Flabio Máximo ha sido nombrado dictador. En su avance derrota a Marco Minucio Rufo y luego, en Cannas, en agosto de 216 adC, a los cónsules Cayo Terencio Varrón y Paulo Emilio recientemente nombrados; ese mismo año, tras un largo sitio conquista Capua, la segunda ciudad más grande de Italia, convirtiéndola en su nueva base.
A pesar de sus victorias no puede aún marchar contra Roma en la que hay muchos defensores, de modo que envía a su hermano Magón a solicitar refuerzos a Cartago. La respuesta, por boca de Hannón, no puede ser más desalentadora: Si Aníbal es vencedor, no los necesita; si es vencido, no es digno de ellos. Sin ayuda exterior, su posición en el sur de Italia se va dificultando, al tiempo que su objetivo de conquistar Roma se torna cada vez más remoto. En los años siguiente toma las ciudades de Tarentum (actual Tarento) en 211 adC y Samnium en 210 adC, aunque también sufrirá algunos reverses, como la pérdida de Capua.
Con la pérdida de Tarentum (actual Tarento) en 209 adC y la gradual reconquista romana, su posición en el sur de Italia estaba en su mayoría perdida. En 207 adC Aníbal vuelve sobre Apulia, donde quería concentrar sus fuerzas en espera de la llegada de su hermano Asdrúbal para lanzarse sobre Roma. Pero su hermano, aunque logra entrar en Italia, es derrotado y fallece en combate. Enterado, Aníbal se repliega en las montañas a esperar refuerzos; sin embargo, el resultado de la guerra, extendida ya por España y Sicilia, se va tornando favorable a los romanos. Escipión que consigue someter Sicilia, y posteriomente España, decide trasladar la guerra a África para alejar a los cartagineses de Roma. Cartago, viéndose en peligro llama a Aníbal, que acudirá, no sin antes saquear el tesoro públicos de muchas ciudades, dando así rienda suelta a su ira por tener que abandonar la lucha que durante 16 años había mantenido en una tierra desconocida sin lograr su propósito.
Una vez en Cartago, consciente del peligro que acecha la ciudad, rehusa el enfrentamiento a pesar de las críticas del senado y se reúne con el general Escipión en la ciudad de Zama, 150 km al sur de Cartago, para negociar la paz. Ante la falta de acuerdo los generales se retiran a sus campamentos. Poco después, en el campo de batalla, el ejército cartaginés cae derrotado (202 adC). Tras la derrota, el senado, por iniciativa de Aníbal envía embajadores para que acepten el convenio de paz ofrecido por Roma, con lo que finaliza la Segunda Guerra Púnica.
De regreso a Cartago, Aníbal se hace nombrar sufeta, equivalente al cónsul romano, cargo desde el que muestrar sus dotes de estadista llevando cabo algunas reformas por el bien de la república, como por ejemplo poner coto a los abusivos tributos exigidos por Roma para la firma de la paz, de forma que pudieran satisfacerse a plazos sin necesidad de imponer al pueblo impuestos adicionales extraordinarios. 7 años después de la derrota de Zama, los romanos recelosos de la nueva prosperidad de Cartago, envían embajadores a la ciudad; intuyendo Aníbal que pretenden que se les entregue su persona, se embarca en secreto para refugiarse en la corte de Antioco III, en Siria.
Captado el afecto del rey, piensa en coaligarlo con Filipo V de Macedonia y los cartagineses para invadir Italia por segunda vez. Con el propósito de informar a sus amigos del plan, envía un hombre a Cartago. Sin embargo, el plan es descubierto y su emisario obligado a huir mientras la República renueva sus promesas de lealtad a Roma. Cornelio Nepote afirma que tres años después de su huída de Cartago, Aníbal se acercó con cinco barcos a las costas de Cirene para inducir a los cartagineses a la guerra contra Roma, pero que fracasado su proyecto volvió a Siria. En 190 adC, Antíoco le concede el mando de una flota fenicia, pero cae derrotado en la batalla de la desembocadura del río Eurymedon; en lo que parece ser el último intento de Aníbal de doblegar a los romanos.
Tras la derrota de Antíoco en Sipilo, Roma impone la entrega de Aníbal como condición para la firma de la paz. Avisado éste, huye a Bitinia para ponerse bajo la protección de Prusias. Sin embargo, Roma consigue descubrir el destino de su mortal enemigo, y envía una embajada de la que forma parte Flaminio, para solicitar de Prusias la entrega de Aníbal.
Temeroso de la reacción que pudiera causar en Roma una negativa, pero sin querer faltar al deber de la hospitalidad, Prusias accede pero diciéndoles a los embajadores que procedan ellos mismos a su captura, ya que no les será difícil encontrar su morada. Hecho ésto, los embajadores rodean con soldados todas las salidas del castillo. Aníbal, enterado de que no había escapatoria, toma un veneno que siempre llevaba en su anillo y pronuncia las célebres palabras Libremos a Roma de sus inquietudes, ya que no sabe esperar la muerte de un anciano. Ese mismo año, en Italia fallecería Escipión.
(1)El nombre púnico de ciudad nueva, no se sabe si fue en recuerdo de la antigua cidudad ibérica: Mastia o de Carthago, con el
mismo nombre e identico significado; los griegos lo tradujeron en Kaine Polis, también Karthagedon (Karchedon), a veces
Karthagedon Nea; los romanos lo romanizaron en Carthago Nova; el nombre de Cartagena viene a través del acusativo Chartaginem.
Véase también Baal
Fuentes:
Vide:


